El dia 1, dia del sysop!!!
Thursday, April 30th, 2009experiencia del blog, palabras claves, paginas leidas… asi que na de sexo.
o si
experiencia del blog, palabras claves, paginas leidas… asi que na de sexo.
o si
Ella se acerca. Me acaricia entonces desde la espalda hasta el interior de las nalgas, deteniéndose en su centro, caricia a las cual mi sexo responde en una honda pulsación que lo eleva aún más por un instante. Pide un aplauso. Otra, otra, gritan desde el fondo.
Nuevamente su mano me roza suavemente, nuevamente mi sexo se expande hacia arriba, elocuente saludo. Más palmas. Se repite varias veces, las palmas al ritmo ondulante de mi sexo, mi sexo siguiendo a las palmas, pleno dominio de ellas sobre mí.
Solo soy esta parte de mi cuerpo, que siento como el mar siente sus olas, enorme fuerza pugnando por escapar. Finalmente ella se pone a mi espalda, sin separar la mano de mi centro, y expertamente me conduce, mientras doy la vuelta al escenario precedido por mi sexo extendido, pulsaciones provocadas por ella cuando lo desea, acompañado por las palmas y los aplausos.
Mi deseo es patente, elocuente, palpable, doloroso, incluso. Ella se acerca y me susurra: bueno, te has portado muy bien, te mereces el premio… si me pagas, te hago aquí mismo una paja, y por un poco más, follamos. Digo que no. En un gesto suyo, se detiene la musica, se apaga la luz.
Me quedo en el escenario, aún desnudo.
Ella se aleja.

Chile, mayo 2002
Ondulante, se pone de espaldas a mi, indicándome que la abrace, las manos en sus pechos, mientras sus caderas avanzan y retroceden, en muda invitación al amor. Siento mi cuerpo responder a su roce mientras pienso en cada una de las personas de la sala, ojos fijos en mi y en el relieve bajo mi ropa, que, casi invisible hasta hace unos instantes, toma forma.

Ella se quita la falda, y los rubios rizos dejan ver que solo va vestida con medias y ligueros. De espaldas a mí, pone mis manos sobre su pubis, ya su único movimiento es un ondular de caderas, de lado a lado, rozándome con su cuerpo. Con mis dedos trato de hallar su centro, tarea imposible por su movimiento, no coopera en absoluto, no quiere que mis manos se introduzcan en ella.
El público, enardecido, grita: qué se vea, que se aparte, tongo, todo aquello que tanta gracia me hacía, antes y que ahora no deseo, vergüenza de mostrar mi desnudez abultada.
Se separa de mi, las luces cobran toda su intensidad, y me muestra a la sala, orgullosa del resultado, abombamiento obstaculizado por la ropa, refrenado, incómodo. Me giro para dar la espalda al público, pero no evito nada, porque en los espejos del fondo del escenario, en el centro del reflejo de la sala estoy yo, en ropa interior, por suerte ya sin calcetines. No estoy seguro de querer seguir, ya he demostrado que podía salir a la palestra y exhibirme. Pero tal vea sea ya un poco tarde, me digo, no puedo decepcionar al público, a mi público.
Ella se acerca.
Me pone otra vez de perfil, y de pie a mi lado para no ocultar la ceremonia a nadie, introduce una mano experta bajo la cintura de mi ropa ropa interior, y en un toque experto, casi instantáneamente, hace que retome la forma, desaparecida bruscamente ante la avergonzante visión del espejo. Por lo breve de su caricia intuyo que desea obtener simplemente un bajorrelieve prometedor, desea guardar el misterio para el siguiente acto, sin que por ello yo me sienta disminuido y el público, desilusionado.
Decidida me quita los calzoncillos, pero de forma en cierto modo funcional, sin aspavientos, como si fuera una enfermera, lo mas natural del mundo. Me pone en cuclillas, de lado, de tal manera que no se me pueda ver completo, mi sexo, liberado de la presión de la ropa, tendido casi horizontal, oculto por las piernas. Su espalda está ahora delante de mí, se inclina de rodillas, mostrándome sus nalgas, invitándome a que la bese.
Lo hago, separo su vello con las manos, y mi lengua alcanza entonces los suaves pliegues de su piel. Su sabor y el gesto eternamente repetido me hace olvidar dónde estoy, y hundo mi cara en su cuerpo, olor a mujer, siempre perseguido y algunas veces alcanzado. Noto el conocido latido de mi sangre entre las piernas, y mi subconsciente se preocupa por ello, mi consciente está todo él volcado en el suave tacto de su piel, mis manos acariciando ya sus pezones, ya abierto para mi lengua el camino de su centro. No parece desagradarle, sus movimientos acompañan a los míos, complementándolos. Subiendo su cuerpo, o bajandolo para que mi boca acceda a donde ella quiere que beba.
Hasta este momento, aparte del hecho de estar en un escenario, rodeado de espejos y de luces, lo que se había entrevisto de mi cuerpo es lo que suelo mostrar en las playas nudistas. Desnudo, si, algo más excitado, también, pero en unos límites razonables, nada ostentoso. Si estuviese en la playa, en este momento podría ir hasta el mar sin sentirme avergonzado, sumergirme en el agua, nadar un poco y salir, reposado.
Pero ni estoy en la orilla del mar, ni es arena lo que hay bajo mis pies, no hay sol, es un foco circular el que nos ilumina, el que siluetea nuestros cuerpos, el resto del escenario en total oscuridad, y, desde luego, mi cuerpo ya hace rato que ha traspasado los limites de la discreción.
Delante de mi, en blanco, los dos volumenes que terminan su espalda, en negro, el lugar en el cual estoy hundiendo mi cara en estos momentos, caricias con la nariz, con los labios, con la lengua, manos acariciando sus pechos.

Mi cuerpo responde a estas sensaciones, profundos, espesos latidos, deliciosos al no haber nada que los refrene, olvido del mundo, concentrado en ella, en sus movimientos de fuga, para evitarlos paso mis manos por su cintura, hundo mis dedos en su vello, me pierdo en resbaladizos senderos, noto en mi piel y en mis labios que su cuerpo está preparado para aceptar al mío.
En esto, el público grita, “queremos verlo, que lo enseñe”, devolviendome a la realidad. ¿que más quieren ver? y me doy cuenta que mi sexo, perdida la horizontalidad, se alza ahora, sobresaliendo entre mis piernas.
Y esto es lo que ahora ven, y quieren ver mejor, y para esto han venido, y para esto han pagado. Ella, rápidamente se aparta de mí, me pone en pie, y ahora sí, ahora mi sexo se yergue, dominante, soberbio, en toda su extensión, apuntando al cielo, mientras la sala aplaude.

Ella se acerca
Ella se acerca. Mientras hacía broma con unos y otros, hola guapo, que haces aquí, estás solo? se aproxima. Risas y rumores en la sala, oscura por el humo del tabaco que las luces indirectas atraviesan con dificultad, puntos de luz cegadores en el techo, risas y rumores que se detienen bruscamente, como un portazo, al preguntar ella: vienes conmigo? no muerdo, te lo aseguro, y que recomienzan en cuanto otro grupo viene a ser el objeto de sus comentarios. Allí donde ella está, los gritos de antes: “venga, quítale el tanga, que se vea, tongo”, se transforman en rápidas negativas, dichas con un hilo de voz, cuando ella les coge de la mano, suavemente, tirando de ellos hacia el escenario. Tímidas negaciones – no, no, en todos los tonos, cohibidos, no, no, no por favor, tajantes, no, en absoluto, pero sobretodo, patéticas risitas de conejo – voces que no alcanzan a articular palabra.

Ella se acerca. Vagamente espero que se entretenga por el camino, que encuentre otro blanco sobre el que lanzarse, que otro sea quien se atreva a seguirla al escenario, aquel oriental que fuma cigarrillo tras cigarrillo, uno de los rusos escandalosamente borrachos. Pero oscuramente sé que un borracho quitará brillo al espectáculo, y que un oriental es demasiado extraño. De alguna manera me siento condenado, no por el qué dirán de la sala, que me es indiferente, sino por mi propio orgullo. Me horroriza pensar que en el futuro, y ya para siempre, al recordar este momento, me diré: aquel día, cuando no me atreví.

Me queda la esperanza de mi vecino, tan solo como yo. Pero su mirada distante, displicente, como aburrido de estar allí, crean un cerco de frío a su alrededor. Por suerte, ella lo considera como un envite: hola, te aburres? ven a bailar conmigo allí arriba, acaríciame, tengo ganas de un hombre de verdad, no uno de esos que se ríen en el fondo y que se escapan de corrido o que se corren a escape en cuanto una hembra de verdad les mira. Va, vosotros, los del fondo Sur, valientes, salid de dos en dos, que no podéis conmigo. Pero los del fondo Sur no se mueven, y el vecino continúa en su postura de ejecutivo antes de dar lectura al balance de situación.
Ella continua, ¿no hablas inglés? ¿sprechen sie deutsch? ¿no será que lo que entiendes es el griego? – risas en el fondo de la sala, contentos de no ser ellos el objeto de los sarcasmos – Ven conmigo, que si no hablas el español, al menos practicaremos el francés. Y las risas arrecian, métele el starter, que está frío, gritan desde detrás de una columna, métele mano mejor, otra voz. El continua impasible, mirada perdida, inhumana, capitán de la Bounty antes del amotinamiento. Ella no va a perder más el tiempo. Sobre todo no mirarla me digo, disimular, ojos clavados en el vaso.
Ella se acerca.
Aparta la mesa, se pone directamente delante de mis ojos, mi estrategia se hunde. Ella me toma por la barbilla, me gustan los hombres con bigote, abarcan más territorio cuando lamen, y empieza a tirar de mí. Claro, puedo resistir, pegarme al asiento, lapa asociada a la roca, un todo con la silla. Y no perdonarmelo luego nunca. Finalmente estoy en pie, los gritos arrecian, aliviados ya del pánico, subo tres escalones, ya estoy sobre el escenario, y me detengo, paralizado.
Pide un aplauso, y mientras trata de tranquilizarme
“ vamos a bailar un poco, no sucede nada, vamos a calentar un poco a la sala. Abrázame fuerte, y no te preocupes de dónde pones las manos” susurra en mi oído. Suena una balada romántica, las luces disminuyen y bailamos. Pongo las manos sobre sus caderas, y ella las baja hasta las nalgas, puedo notar la rejilla de sus medias bajo la falda. Mueve las caderas en un suave ondular. Se inclina sobre mi cuello, cálido aliento detrás de mi nuca y continuamos el baile. Sus manos pasan de mi pecho a la espalda, me acaricia los brazos mientras, delicadamente, desabrocha los puños de mi camisa.
Suavemente me acaricia el pecho, sobre la ropa primero, abriendo los botones luego y pasando la mano entre el algodón y la piel, caricias en las areolas. Mientras, bailamos en el escenario y el público deja de existir. Me dice que demos un poco de alegría a la sala, que si no, se quedarán dormidos. Me besa, y al mismo tiempo me quita la camisa y la deja caer al suelo.
Se aparta, y en unos pasos de baile se quita también la blusa. Sus pechos, libres de sujetador, pezones negros sobre su piel pecosa, apuntan hacia mi.
Ella se acerca.
Como recordareis, habíamos puesto un anuncio en el periódico, buscando a alguna persona, aficionada a la literatura, que nos quisiese ver haciendo el Amor, y que describiese después, no tanto lo que había visto como lo que había pensado mientras lo veía, con una única condición, su presencia debía ser transparente. Como si no estuviese allí.
Ya habiamos terminado, aunque yo aún estaba en ella.

Cuando nos recuperamos el Sr. Corominas sigue ahí, ya reclinado hacia el respaldo de su silla, con su chaqueta y su pajarita. Solo le falta encender un cigarrillo.
Nos preguntamos si se va a marchar, dejarnos solos en la intimidad de los momentos de después del Amor, pero no, no parece decidido a marcharse. Me separo de ella, mojado aún, con un sonido del que me avergüenzo un poco. Ella sonríe, pícara. El sonríe también, es difícil mantener el acuerdo de transparencia.
Su sonrisa le transforma en el gato de Cheshire, y no puedo por menos que darle las buenas tardes, como Alicia. Me pregunta si quiero algo de beber, me traerá un vaso de agua, y nos ponemos a charlar, de todo y de nada, del trabajo de un corrector, de la dificultad que tiene el corregir lo que dice el autor sin tratar de mejorarlo, de los cuentos para niños que él escribe…
La situación es un poco surrealista, o digamos, simbolista, mas en la línea del “Déjeuner sur l’Herbe” que en la línea explicita de un Minotauro de Picasso, con el Minotauro mirando la escena con lubricidad desde detrás de la cortina. En la cama ella y yo, hablando, desnudos, el Sr. Corominas sentado en su silla completamente vestido.
Ella se levanta, va un momento al baño, mientras deja una estela casi táctil a su olor de hembra satisfecha, el olor del amor. Regresa, se sienta en la cama, apoyada en el cabezal, de cara a mi, piernas cruzadas, abiertas, brillante aún su sexo de su placer y del mío, como si estuviésemos solos, como habíamos estado tantas veces.
Yo por mi parte estoy ya relajado, y, aunque desnudo, puedo hablar de cuentos de niños, o de literatura comparada. También él, por su parte, está ahora pendiente de la conversación. Aún así, no está tan distraído como eso, porque cuando una mancha de humedad empieza a formarse en la sábana debajo de ella, va solícito a buscar una toalla para que ella se siente encima.
Poco a poco, el erotismo de la situación se abre paso en mi, aunque no llego a darme cuenta hasta que observo que la mirada del Sr. Corominas ya no está fija en mi cara solamente, sino que se detiene un momento en mis ojos, para descender hasta un punto, aproximadamente a veinte centímetros debajo de mi ombligo. No me había dado cuenta que ella estaba haciendo volver mi deseo, jugueteando con su pie entre mis piernas, hirguiendo mi desnudez, haciéndola patente al espectador que nos observaba. Ella si se da cuenta, y me roza simplemente el pliegue de la rodilla con su pie desnudo, conocedora de los efectos inmediatos que eso tiene, muda invitación más diáfana que cualquier palabra.
Una media sonrisa, y, murmurando unas palabras de excusa hacia el Sr. Corominas, sin vergüenza, sin complejo ninguno ya, ella se inclina hacia mi y me envuelve con su boca.
No hacen falta ahora muchos preliminares, su cuerpo esta tan dispuesto a acogerme inmediatamente, lecho de algas y amor, como el mío a ser acogido, atrapado en su interior en una caricia enternecedora y exteriormente inmóvil. Allí está ella cálida, protectora, amable, amada.
No nos preocupa la presencia extraña, ya no le miramos, ya no sentimos sus ojos recorrer nuestra piel, no existe, es un mueble mas de la habitación, no le vamos a enseñar nada que no haya visto ya; esta segunda vez es, digamos, más personal, más íntima, más erótica también y en absoluto pornográfica. Ya no hay posturitas, ya no hay caricias con la mano en el cuerpo del otro, abierto o erguido, según, ya no mas recorridos con los labios por toda la geografía, orientandonos, abriendonos hacia la mirada del otro.
Ya no es el deseo físico el que guía nuestros movimientos, el que nos esclaviza, somos nosotros los dueños de la cadencia y de la acción, nosotros quienes jugamos con el ritmo y con la melodía, nos podemos quedar quietos, simplemente enlazados, abrazándonos fuerte, nos podemos mover sin miedo a que el deseo nos supere, llevándonos en sus alas hasta un final no por deseado menos temido.
Nos perdemos esta vez completamente en el placer, vuelo inmóvil, movimientos mínimos exacerbados por la sensibilidad a flor de piel, nosotros dos, una inmensa corola de luz y de sensibilidad, pleno viaje alucinado, experiencia eterna.
No existe ya el mundo, perdidos en nuestras sensaciones, sabores, olores….
Cuando terminamos el ya se ha ido.
Nunca supimos nada de el.
Nunca recibimos su historia.
Beijing, mayo 99
Pues deciamos ayer…
Una vez hechas las presentaciones, nos pusimos de acuerdo en el procedimiento: nosotros llegaríamos antes a una habitación de hotel. En recepción estaría una llave a su atención, y empezaríamos sin esperarle. El llegaría al rato, cuando ya estuviésemos en el fuego de la acción. Entraría con su llave, sin interrumpirnos, la gracia era esa, su transparencia, su insustancialidad, se sentaría en una silla, y simplemente, estaría ahí. No le íbamos a ofrecer un saludo, una bebida, un “póngase cómodo, Sr. Corominas, está Vd. en su casa, ¿quiere tomar algo? no, no nos molesta en absoluto, por favor, su presencia será siempre bienvenida, perdone pero enseguida estamos con Vd., en cuanto terminemos este asunto que tenemos pendiente”, no nada de eso debía suceder.
Simplemente, no existiría, no estaría allí. Finalizada la función, o aburrido, es igual, sin un buenas tardes, se marcharía en el momento que le apeteciese, sin cruzar una palabra.
Hay que decir que el tema por nuestra parte se simplificaba enormemente, pues por no ser exhibicionistas profesionales, no hubiésemos sabido muy bien cual debía ser nuestra actitud, natural como la vida misma, mostrando los mejores y más jugosos detalles, estableciendo competiciones…..
Bueno, ha llegado el día D y la hora H menos cuarto. Estamos los dos en la habitación, mirándonos. No suele ser esta nuestra rutina. En general salimos a cenar, hablamos, vamos acercándonos el uno al otro a través de la voz, de las miradas, del contacto primero de una mano, luego de un beso, luego un roce en el asiento del coche, una caricia en la nuca, vamos rompiendo la frialdad del día, el stress del trabajo, aparcando las ocupaciones, haciendo las ultimas llamadas por teléfono mientras acostumbramos nuestra piel al contacto de la del otro. Tampoco era un ritual, a veces habíamos sentido la urgencia del deseo, y habíamos detenido el coche en plena carretera para perdernos en un soto, o en una caseta de obras bajo la lluvia, a veces simplemente, nos habíamos escapado a media película del cine porque sentíamos otras prioridades. Pero aquel día no. habíamos acabado de trabajar cada uno por nuestro lado, y nos habíamos dado cita en aquel hotel, porque no queríamos contaminar nada nuestro con esta aventura.
Los dos estamos allí, y diciéndonos: ¿y ahora, qué? No es una situación tensa entre nosotros, ninguno de los dos se arrepiente, pero no sabemos muy bien como empezar. El llegar, sentarnos en el sillón o tumbarnos en la cama y empezar los toqueteos no es nuestro estilo. Un poco preocupado, y con el ojo en el reloj (aunque tenemos tiempo), bajo a recepción y pido un whisky doble. Ya es un cambio en la rutina, no bebo nunca entre horas, pero en caso contrario no voy a ser capaz de empezar, de fumigar ese ángel de hielo que revolotea por la habitación. Ella mientras me espera sentadita en el sillón, jugueteando con el mando de la tele. No es exactamente la situación ideal. Ella zapeando, yo oliendo a alcohol. Me parece que la tarde no va a dar mucho de si, y le pregunto si lo dejamos. Me dice que por ella no, que si yo quiero…. tampoco es de gran ayuda, ignoro si lo dice por hacerme un favor, si realmente no le apetece y no quiere que me disguste, si tiene ganas y no se atreve a reconocerlo. Total, que, empujado por el whisky, le digo que adelante, le acaricio la cara, le beso el cuello, siempre vestidos, y, poco a poco, el ángel se funde.
Nos tumbamos, ella ya ha perdido en la operación la blusa y la falda, yo la camisa, hemos abierto la cama y estamos reiniciando el rito, mi boca perdida en su boca, mis manos acariciando su espalda, sus manos desabrochando mi cinturón.

Ya he alcanzado con la boca su centro, a través de las braguitas, mis manos perdidas debajo de su sujetador, cuando se abre la puerta. Yo solo me doy cuenta porque ella vacila un momento, noto la súbita tensión de su cuerpo, no puedo ver nada. Ella se da la vuelta, pone la cara en la almohada, no me queda mas remedio que continuar la caricia besando su espalda, desde el cuello hacia abajo, las yemas de los dedos reconociendo un camino tantas veces recorrido, su espalda, por el centro, contando sus vértebras (nunca ha salido el mismo numero), los lados, hacia sus pechos, ocultos a la vista por la ropa de la cama, pero accesibles si ella se incorpora minimamente. Lo hace, tengo ya su pecho entre mis dedos, no he visto aun nada ni a nadie.
No puedo evitar una mirada de refilón, y allí está el, el Sr. Corominas, muy compuesto, muy atildado, muy sentado en la silla, muy inclinado hacia nosotros, ni tan solo se ha quitado la chaqueta. A 30 cm. de mi espalda su examen nos detalla. La verdad es que no hay nada que ver, aun. Los dos estamos todavía medio vestidos, los dos le damos la espalda… pero esta situación no durará mucho, la verdad es que sus ojos me han electrizado, y ya no estoy muy cómodo en esta posición, me sobra toda la ropa, me estira mi cuerpo. No me queda mas remedio que incorporarme, sentarme en la cama del lado opuesto al suyo, quitarme el resto de ropa que me molesta. Bueno, ya estoy desnudo, sentado en la cama de espaldas a el y a ella, de perfil como un torero. No me queda más remedio que dar la cara, rápidamente, sintiendo sus ojos que me recorren entero.
La giro a ella, le quito el sujetador. Ella tiene los ojos entrecerrados, cosa extraordinaria, cuando siempre habíamos hecho el amor con los ojos abiertos, bebiéndonos las miradas. Volvemos una vez mas a los gestos tantas veces repetidos y siempre nuevos, sin abstraernos completamente, ni ella ni yo, sintiendo en nuestra piel y en nuestro sexo el roce de su mirada táctil. Mas de una vez atisbo los ojos de mi compañera dirigidos en diagonal, hacia donde está él; más de una vez algún movimiento que ella pueda hacer, para ponerse en posición más cómoda, o porque le molesta un pliegue de la sábana me parece a mi que es o bien para ocultarse, o bien para que el pueda disfrutar de la totalidad del espectáculo, no lo se muy bien.
No me importa mucho ya, han pasado los momentos de duda, en este momento es ya mi cuerpo quien lleva las riendas, y solamente pasa como una sombra por mi mente que en el fondo me excita el exhibirme impúdico, el compartir el olor y los sonidos: el ruido del somier, los golpes de nuestra piel en las acometidas, los murmullos húmedos cuando me retiro de ella, sus jadeos en algún momento, tantos sonidos que otras veces he robado de desconocidos en las soledades de mis noches de hotel, cuando, con una oreja pegada al tabique, escuchaba las parejas de la habitación de al lado.
Me gusta pensar en los ojos del Sr. Corominas clavados en mi cuerpo y en el de ella. Imagino lo que está viendo

Ella empieza a gemir, en un crescendo continuo, vez tras vez, tanto que me pregunto si es natural o no.
Porque ella no suele ser tan expansiva. Le veo a el de refilón, sin perder la compostura, sus ojos clavados en nosotros, no como un todo, no como decía el en su carta: “Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos…”, no, en este momento están sus ojos recorriendo nuestras piernas, dejando casi un rastro en ellas, llegando, perforantes, a fijarse entre ellas, no perdiendo ni un instante de la acción, recogiendo el brillo de nuestros cuerpos en sus pupilas. Y respecto a brillar, estamos esplendorosos, jóvenes, enamorados, bañados en sudor, disfrutando de nosotros, de estar allí, juntos, queriéndonos.
Nos olvidamos ya de todo, o al menos yo me olvido cuando ella decide que es el momento de terminar. Con una caricia experta, en el momento adecuado, logra que mi placer, siempre mas corto, más epidérmico, más brusco, se entrelace con el suyo, continúe a la misma cadencia, acelerando en determinados momentos, retardando en otros, en una espiral de la que solo saldremos exhaustos.
Ya no existe nadie más que nosotros, que nuestro cuerpo, ya no somos conscientes de nada más que del tacto de nuestra piel al fundirse en la del otro, de las pulsiones combinadas de nuestros cuerpos, incapaces de separar nuestra sensibilidad. Sé, siento lo mismo que siente ella cuando la acaricio, ahí, en el hueco que existe entre sus piernas, sabe ella, a través de mi, lo que es estar dentro de una mujer, lo que nota mi cuerpo cuando estoy en ella. Sabe ella, se yo, lo que tenemos que hacer para terminar, qué movimiento hacer, que caricia. Y lo hacemos. Terminamos en un suspiro de alegría, casi un sollozo, y permanecemos un tiempo infinito el uno en el otro, recuperando el sentido, los sentidos, los sentimientos.
“Joven pareja ofrece a voyeur que sea escritor o periodista la posibilidad de hacerles un reportaje. Se ruega enviar una página manuscrita indicando lo que os imagináis que puede pasar, cómo, dónde, cuándo, y si nos motiva, entre todos haremos que suceda”
Escribid por favor a El País, ref.***”

Así empezaba la aventura.
Ella y yo nos queríamos, y, tras meses y años dedicando horas a prácticas tan exhaustivas como extenuantes, habíamos llegado a una sincronía en los actos amorosos, ballet razonablemente perfecto de cuerpos y humores. Yo sabía cuando disminuir el ritmo, inducido por la mas mínima variación en sus gestos, ella conocía los puntos secretos de mi cuerpo, allí donde el mas ligero roce con la yema de las dedos disparaba inmediatamente el placer. Yo sabia llevarla en lomos de caballos desbocados, hacia la cima, en una interminable carrera, de repecho en repecho, sin llegar jamás a alcanzar el Finis Terrae de su cuerpo, ella me conducía sabiamente, jockey sutil, alternando freno y espuela, para que pudiese aguantar la distancia.
Conmigo ella era campeona de las metas volantes, con ella yo era un corredor de fondo.
Nos entendíamos bien, en la cama y fuera de ella.
Y nos queríamos, y nos gustaba a ambos la literatura.
Lo habíamos discutido antes, a mi me divertía el disponer de un testigo, alguien que pudiese glosar lo que había visto, en un cuento, introducirnos en su novela en la que nos reconoceríamos los dos, secreto para nosotros y él.
Si a mi me gustaba, a ella no le importaba, siempre que el intruso supiese mantener la compostura y que no acercase las manos allí donde solo se suponía que debían estar sus ojos.
Además, siempre hacíamos el Amor con la luz encendida.
Como no íbamos a elegir a ningún conocido, nos decidimos por el anonimato de un anuncio en un periódico.
Recibimos… cincuenta o sesenta cartas, la verdad es que la edición dominical de El País se distribuye a todo España, pero… pero no creímos nunca que fuese tan sencillo encontrar tantos escritores voyeurs, o voyeurs con tendencias literarias.

Acordamos que íbamos a realizar una selección al principio simplemente por el aspecto de la carta (lamparones de aceite, caligrafía de analfabeto, palabras soeces eran excluyentes).
Una rápida selección elimina la mitad. Desde luego no me imagino compartiendo ni una cerveza con este, que me escribe en una postal, ni con este otro, que me envía un sobre con el sello en la esquina inferior derecha.
Ya solo me quedan unas treinta cartas, presentables, las unas mas y las otras menos, queda mirar el texto.
Y empieza la lectura:
Cartas Infantiles: Joven Pareja, me ha gustado mucho vuestra simpática carta. Yo también soy joven, sin vicios, buen rollo…me imagino un excursionista boy scout con una guitarra al hombro
y cartas raras: que os parecería que nos conociésemos, pero como soy un hombre público debería ir a la reunión con una máscara y debería ser de madrugada en un sitio apartado, en una curva de la carretera…. Jo, que miedo.
Y cartas divertidas: Hola, pareja, contestando a vuestro anuncio, os diré que me gustaría observar como hacéis el amor o cualquier otra cosa, ya que soy un mirón empedernido. Como buen voyeur, a mi solo me gusta mirar y no me interesa participar. En cuanto a mi os diré que soy médico y poseo lugar de encuentro en la ciudad y en la costa, desde donde os podría observar con un telescopio, ya que mi apartamento da sobre la playa. Así, como me pedís que describa lo que quiero, os propongo que a las cinco de la mañana, antes de que salga el sol, os pongáis donde yo os diré (no os preocupáis, que a esta hora y en invierno no hay nadie, lo tengo mas que comprobado) y hagáis el amor allí. Hace un poco de frío, pero seguro que pasada la primera impresión ya no lo tenéis. Yo mientras os miro por el telescopio. Pues vaya, solo de pensarnos en la playa, de madrugada, con la arena que se mete en todas partes, me encojo enterito.
Y cartas extrañas: la carta viene escrita por una mujer, en preciosa caligrafía de colegio de monjas, los Sagrados Corazones, las Teresianas…: Hola Pareja, yo también soy joven y busco visiosos como ustede vosotro pa pasarlo teta. Que a mi las tetas me ponen a cien. Pero ojo, solo pa ti mujer, que no a nacio el macho que me toque a min los güevos. ¿será un chantaje? ¿estará alguien obligándola a escribir eso, y la única manera de avisarnos es copiar el lenguaje coloquial?
Y finalmente, entre la maraña, una: Pareja, no me resulta fácil decir quien soy. Digamos, Joan Corominas, bastante mayor de edad (supero los cincuenta), universitario, confortable y rutinariamente casado, profesionalmente satisfecho, económicamente tranquilo. Aficionado al cine y fotógrafo aficionado. Es decir “voyeur”, sensible, imaginativo, discreto…Me gustaría ver a la pareja que se esconde detrás del anónimo y que parece discreta, imaginativa, sensible, ligeramente exhibicionista? Me gustaría estar presente y aun tiempo inexistente, transparente, observar a la pareja, observaros, analizar vuestra relación secreta, vuestras caricias, uno a uno y en conjunto. Participar con una mirada acariciadora y estimulante… Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos… detenerme especialmente en el perfil de la mujer nuevamente vestida. Acaso, también, desearla.
La carta era de una persona culta. La única condición que ella puso es que antes le conociese yo personalmente.
En el bar apareció una persona de mediana edad, chaqueta a cuadros sabiamente desgastada, pajarita, camisa impecable, un caballero razonablemente pulcro y atildado. Me dijo que se llamaba Joan Corominas, que escribía cuentos para niños por vocación, y que era corrector de editorial por profesión. Me confesó también que le gustaba escribir historias solo para él pero que eran incompatibles tanto con su profesión como con su vocación.
Una vez hechas las presentaciones, nos pusimos de acuerdo en el procedimiento: nosotros llegaríamos antes a una habitación de hotel. En recepción estaría una llave a su atención, y empezaríamos sin esperarle. El llegaría al rato, cuando ya estuviésemos en el fuego de la acción. Entraría con su llave, sin interrumpirnos, la gracia era esa, su transparencia, su insustancialidad, se sentaría en una silla, y simplemente, estaría ahí. No le íbamos a ofrecer un saludo, una bebida, un “póngase cómodo, Sr. Corominas, está Vd. en su casa, ¿quiere tomar algo? no, no nos molesta en absoluto, por favor, su presencia será siempre bienvenida, perdone pero enseguida estamos con Vd., en cuanto terminemos este asunto que tenemos pendiente”, no nada de eso debía suceder.
Pues ayer me habia quedado en la camilla, ya con el equipo medico habitual preparado.
Me pusieron como una cortinilla que me impedia ver lo que andaban hurgando por ahi abajo, me dijeron que iba a sentir unos pinchazos, pero es todo lo que iba a sentir. Y, efectivamente, senti unos pinchazos en los huevos (no exactamente, por allá abajo), y las manos de alguien (el cirujano, la enfermera, la monja, el reparador del aire acondicionado?) que me los sobaban. Me explicaron por si tenia dudas por tanto tocamiento que asi la anestesia tenia efecto más rapido.
Es posible, pero en general si os malaxean los huevos con cariño y estais normalmente constituidos, los resultados suelen ser aparentes. Por suerte, cuando me empezaba yo a preocupar, porque sentía cierta tensión en el ingenioso mecanismo, la anestesia hizo su efecto y ya me quedé con los huevos de madera, iguales a los que usaban las abuelas para zurcir calcetines.
Si que senti como el cirujano (o la monja) buscaba ese cordoncillo que sale del testiculo y lo pellizcaba antes de cortar la piel por donde lo tenía pillado, se expandio un olor a carne quemada, supongo que del bisturi, un click de las tijeras o las pinzas cuando cortan, y un tirón al coser un punto. Eso repetido por el otro lado, ni cinco minutos. Para que veais la tonteria que es, incluyo esta infografia:

Me preguntaron si me habia mareado, y como era que no, me pidieron que me levantara de la camilla y caminase un poco. Lo hice, decidieron que no era necesario que siguiese tumbado, que si me encontraba bien esperase como media hora, me vistiese y me podia ir. Y eso hice.
Y que tres dias sin lavarme y sin sexo, sin cansarme y yastá. Y que al cabo de 30 dias, o de 30 (creo recordar) eyaculaciones, que pasase por la consulta, para ver si habia funcionado.
Y eso hice, al dia siguiente tenía una fiesta familiar y asistí sin problemas (por cierto, mi mamá me dijo que esas cosas no se explican, que qué cara iba yo a poner si mi mujer quedaba embarazada despues, ¡ siempre hay que escuchar a las madres! ), con los huevos un poco hinchados, eso si. Y me quede un par de horas de pie y decidi que ya estaba bien. Pero eso fue todo.
Al cabo de 20 dias (ole ahi, pero es que eramos jovenes!) estaba nuevamente pidiendo hora.
Me hicieron pasar, la enfermera me dió un potecito, me envió a un cuarto contiguo a la consulta, y me pidió (lo recuerdo perfectamente) que “me aliviase” en el potecito, que si queria alguna revista, que ella me la daba. Que avisase cuando estuviese. Claro, enfria un poco los animos saber que el medico y la enfermera estan del otro lado de la puerta esperando “el alivio”, pero enfin, en un momentito estuvo la muestra en el bote. Se la di a la enfermera, que la tomo muy seria, casi con uncion, se la entrego al medico que miro por un microscopio y me dijo en un par de minutos que ya estaba, que no habia ningun espermatozoide despistado nadando en la corriente.
Y modificaciones en algo? la verdad es que fisicamente no (tal vez un poco menos de eyaculado, pero tampoco anda uno con balanza de precision), sicologicamente tal vez un poco, porque despues me enamoré, estando casados ambos. Y no nos separamos de nuestras parejas porque ella queria tener hijos, y conmigo no iba a ser posible.
Asi que la vasectomia fue un remedio contra el divorcio
Al menos en nuestro caso
Ayer hablabamos de sentimientos, del enamoramiento, del amor, y hoy hablaremos de vasectomias, saltando de un tema a otro, en forma tan alocada como es la vida.
Hoy os iba a explicar, en una información de primera mano (o, como decia en el prepost, más bien de primer huevo), en qué consiste la vasectomia para el paciente. Por el video habreis visto en que consiste desde el punto de vista médico, yo os explicaré lo que representa desde el punto de vista personal.
Decidi hacerme una vasectomia, cansado de que mi pareja se quejase de tomar pastillas, de tener reglas que duraban una semana (ella, no yo) y que el gine achacaba al DIU… Bueno, “decidi hacerme una vasectomia” no es exactamente lo que sucedio, mas bien decidimos los dos que yo me haría una vasectomia. Ya no teniamos ningun plan de tener hijos, asi que fuimos al medico, quien me dijo que era inodoro, indoloro e insipido, que no me iba a enterar.
Que el procedimiento pasaba por hacerme unos analisis preoperatorios por si acaso, y si todo estaba bien, una intervencion ambulatoria, suave sedacion, y cuando se me pasase la sedacion, a casita. Total, unas seis horas. Y que despues, durante 3 dias, no follar que me tirarian los puntos. Y que pasadas tres semanas o 30 polvos, lo que antes sucediese, que pasase por la consulta para un control de que mi semen no iba a dejar preñada a nadie.
No me dijo, y eso es importante para los que os la vais a hacer, que dejase semen en el congelador, por siaca. Bueno, exactamente no se trata de coger un pote de yogur (vacio es mejor), hacerse una paja y ponerlo junto a las espinacas congelás en el NoFrost, pero si dejar una muestra en un banco de semen. En cualquier caso, ni lo dijo ni se me ocurrio. Despues me podria haber arrepentido, si se me ocurre cambiar de pareja y la nueva pareja quiere tener un hijo. Como no cambié pues nada, pero tenedlo en cuenta. Y si han pasado mas de unos años de la vasectomia, en general no es reversible.
Total, que quede con el cirujano que al dia siguiente estaría en la clinica por la tarde. Y antes de salir de la consulta me dice… ah, y no olvides depilarte, si no quieres que lo haga la monja! aun la cosa teniendo su morbo, me parecio incorrecto tener a la monja recorriendo la zona con la gillette, que esas cosas (la gillete no, lo otro) las carga el diablo.
Asi que la vispera, me deje todo el pubis como el culo de una mona. Pelado y rojo. Nos reimos mucho mientras lo haciamos. Y mas despues, pero esa es otra historia.
Llego a la clinica, voy al vestuario para ponerme la bata, y me acompañan al quirofano. Ya estaban alli el medico, dos o tres enfermeras, el instrumentista, dos becarios, el reparador del aire acondicionado y hasta la secretaria de direccion. Aun cuando ahora sea naturista y me daria igual, en aquella epoca era joven y pudoroso, y me dio un poco de corte, estar alli, en bata abierta por detrás como unica ropa.
Pero no tanto como cuando me dice el cirujano: a ver si hay que depilarte, subete un momento la bata. Y todo el mundo que está alli, dedicado a sus labores, se gira hacia mi, me levanto la bata con cuidado, y un poco de perfil, como un torero, para que no se me vea mucho, pero el medico dice, pasa aqui a la luz, que lo vea bien, me pone bajo el foco, me sube la bata hasta el cuello, se echa a reir, con una risa que se contagia a todo el quirofano. Alli todo el mundo (menos yo) se estaba descojonando. Entre hipidos me dijo que le perdonara, habia olvidado comentarme que solo tenia que depilarme los huevos, no el pubis hasta el esternón, y que claro, al verme depilado y rojo como una langosta, les habia entrado la risa floja.
Total, que me hacen tumbar en una camilla, me abren las piernas (no mucho, tampoco como si estuviese de parto), pero en cualquier caso, en una posicion vulnerable, y me suben la bata.
Y… (seguiremos mañana)
Todo lo que habiais querido saber, en una experiencia de primera mano (bueno, en este caso se trata de otra parte del cuerpo, pero me entendeis)
Use the form below to search the site:
Still not finding what you're looking for? Drop a comment on a post or contact us so we can take care of it!
A few highly recommended friends...
All entries, chronologically...