Masajes

Al hilo de lo que deciamos el otro día, sobre “sensibilidad”, decir que me gustan los masajes. Darlos y recibirlos. Y, al contrario que las caricias (me gusta más hablar de acariciar que de masturbar, pero lo habeis entendido), me gusta más recibir masaje que darlo.

Aunque no nos andemos con circunloquios vergonzosos, en el masaje existe una proximidad física entre masajista y masajeado cuya frontera es muy dificil de establecer. El masaje que me gusta es el que tiene “final feliz” como se suele decir discretamente, y que de hecho es aquel que acaba en una pajilla. Si, imagino que hay quien se horrorice (aunque probablemente no esté leyendo esto, sino el Tus Labores On Line) extrapolando la situación y pensando: a mi no me toca ahi un/a desconocido/a ni harto de vino. Pues a mi si. Se quita uno al mismo tiempo la sequedad de piel, y la calentura. con lo cual uno puede ir a trabajar con otro talante, sin mirar el escote de las secretarias.

Y, yendo a la sensibilidad de la que hablaba el otro dia, hay masajistas buenas y malas. Las hay que empiezan asi:

masaje

y acaban sacudiendo el lingam (o la pija) como si hubiesen aprendido por correspondencia haciendo practicas con un nabo o una berengena, porque ya un plátano era demasiado sensual para ellas.

Y hay otras que leen el cuerpo, y que en cuanto te ponen la primera mano en la espalda (el ritual es el ritual, y se empieza por un masaje en la espalda, un dia os lo explico entero), sabes que tienen el tacto, que saben lo que hacen, y que lo hacen con interés y cuidado.

Y es que el masaje es como todo, lo hay bueno y lo hay malo, es como los melones, que no sabes como estarán hasta que los pruebas.

Y ya puede ser demasiado tarde.

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