Intruso. Cuento (1 de 3)

Joven pareja ofrece a voyeur que sea escritor o periodista la posibilidad de hacerles un reportaje. Se ruega enviar una página manuscrita indicando lo que os imagináis que puede pasar, cómo, dónde, cuándo, y si nos motiva, entre todos haremos que suceda”

Escribid por favor a El País, ref.***”

voyeur

Así empezaba la aventura.

Ella y yo nos queríamos, y, tras meses y años dedicando horas a prácticas tan exhaustivas como extenuantes, habíamos llegado a una sincronía en los actos amorosos, ballet razonablemente perfecto de cuerpos y humores. Yo sabía cuando disminuir el ritmo, inducido por la mas mínima variación en sus gestos, ella conocía los puntos secretos de mi cuerpo, allí donde el mas ligero roce con la yema de las dedos disparaba inmediatamente el placer. Yo sabia llevarla en lomos de caballos desbocados, hacia la cima, en una interminable carrera, de repecho en repecho, sin llegar jamás a alcanzar el Finis Terrae de su cuerpo, ella me conducía sabiamente, jockey sutil, alternando freno y espuela, para que pudiese aguantar la distancia.

Conmigo ella era campeona de las metas volantes, con ella yo era un corredor de fondo.

Nos entendíamos bien, en la cama y fuera de ella.

Y nos queríamos, y nos gustaba a ambos la literatura.

Lo habíamos discutido antes, a mi me divertía el disponer de un testigo, alguien que pudiese glosar lo que había visto, en un cuento, introducirnos en su novela en la que nos reconoceríamos los dos, secreto para nosotros y él.

Si a mi me gustaba, a ella no le importaba, siempre que el intruso supiese mantener la compostura y que no acercase las manos allí donde solo se suponía que debían estar sus ojos.

Además, siempre hacíamos el Amor con la luz encendida.

Como no íbamos a elegir a ningún conocido, nos decidimos por el anonimato de un anuncio en un periódico.
Recibimos… cincuenta o sesenta cartas, la verdad es que la edición dominical de El País se distribuye a todo España, pero… pero no creímos nunca que fuese tan sencillo encontrar tantos escritores voyeurs, o voyeurs con tendencias literarias.

elpais

Acordamos que íbamos a realizar una selección al principio simplemente por el aspecto de la carta (lamparones de aceite, caligrafía de analfabeto, palabras soeces eran excluyentes).

Una rápida selección elimina la mitad. Desde luego no me imagino compartiendo ni una cerveza con este, que me escribe en una postal, ni con este otro, que me envía un sobre con el sello en la esquina inferior derecha.

Ya solo me quedan unas treinta cartas, presentables, las unas mas y las otras menos, queda mirar el texto.

Y empieza la lectura:

Cartas Infantiles: Joven Pareja, me ha gustado mucho vuestra simpática carta. Yo también soy joven, sin vicios, buen rollo…me imagino un excursionista boy scout con una guitarra al hombro

y cartas raras: que os parecería que nos conociésemos, pero como soy un hombre público debería ir a la reunión con una máscara y debería ser de madrugada en un sitio apartado, en una curva de la carretera…. Jo, que miedo.

Y cartas divertidas: Hola, pareja, contestando a vuestro anuncio, os diré que me gustaría observar como hacéis el amor o cualquier otra cosa, ya que soy un mirón empedernido. Como buen voyeur, a mi solo me gusta mirar y no me interesa participar. En cuanto a mi os diré que soy médico y poseo lugar de encuentro en la ciudad y en la costa, desde donde os podría observar con un telescopio, ya que mi apartamento da sobre la playa. Así, como me pedís que describa lo que quiero, os propongo que a las cinco de la mañana, antes de que salga el sol, os pongáis donde yo os diré (no os preocupáis, que a esta hora y en invierno no hay nadie, lo tengo mas que comprobado) y hagáis el amor allí. Hace un poco de frío, pero seguro que pasada la primera impresión ya no lo tenéis. Yo mientras os miro por el telescopio. Pues vaya, solo de pensarnos en la playa, de madrugada, con la arena que se mete en todas partes, me encojo enterito.

Y cartas extrañas: la carta viene escrita por una mujer, en preciosa caligrafía de colegio de monjas, los Sagrados Corazones, las Teresianas…: Hola Pareja, yo también soy joven y busco visiosos como ustede vosotro pa pasarlo teta. Que a mi las tetas me ponen a cien. Pero ojo, solo pa ti mujer, que no a nacio el macho que me toque a min los güevos. ¿será un chantaje? ¿estará alguien obligándola a escribir eso, y la única manera de avisarnos es copiar el lenguaje coloquial?

Y finalmente, entre la maraña, una: Pareja, no me resulta fácil decir quien soy. Digamos, Joan Corominas, bastante mayor de edad (supero los cincuenta), universitario, confortable y rutinariamente casado, profesionalmente satisfecho, económicamente tranquilo. Aficionado al cine y fotógrafo aficionado. Es decir “voyeur”, sensible, imaginativo, discreto…Me gustaría ver a la pareja que se esconde detrás del anónimo y que parece discreta, imaginativa, sensible, ligeramente exhibicionista? Me gustaría estar presente y aun tiempo inexistente, transparente, observar a la pareja, observaros, analizar vuestra relación secreta, vuestras caricias, uno a uno y en conjunto. Participar con una mirada acariciadora y estimulante… Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos… detenerme especialmente en el perfil de la mujer nuevamente vestida. Acaso, también, desearla.

La carta era de una persona culta. La única condición que ella puso es que antes le conociese yo personalmente.

En el bar apareció una persona de mediana edad, chaqueta a cuadros sabiamente desgastada, pajarita, camisa impecable, un caballero razonablemente pulcro y atildado. Me dijo que se llamaba Joan Corominas, que escribía cuentos para niños por vocación, y que era corrector de editorial por profesión. Me confesó también que le gustaba escribir historias solo para él pero que eran incompatibles tanto con su profesión como con su vocación.

Una vez hechas las presentaciones, nos pusimos de acuerdo en el procedimiento: nosotros llegaríamos antes a una habitación de hotel. En recepción estaría una llave a su atención, y empezaríamos sin esperarle. El llegaría al rato, cuando ya estuviésemos en el fuego de la acción. Entraría con su llave, sin interrumpirnos, la gracia era esa, su transparencia, su insustancialidad, se sentaría en una silla, y simplemente, estaría ahí. No le íbamos a ofrecer un saludo, una bebida, un “póngase cómodo, Sr. Corominas, está Vd. en su casa, ¿quiere tomar algo? no, no nos molesta en absoluto, por favor, su presencia será siempre bienvenida, perdone pero enseguida estamos con Vd., en cuanto terminemos este asunto que tenemos pendiente”, no nada de eso debía suceder.

continuará

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