El intruso. Cuento (2 de 3)
Pues deciamos ayer…
Una vez hechas las presentaciones, nos pusimos de acuerdo en el procedimiento: nosotros llegaríamos antes a una habitación de hotel. En recepción estaría una llave a su atención, y empezaríamos sin esperarle. El llegaría al rato, cuando ya estuviésemos en el fuego de la acción. Entraría con su llave, sin interrumpirnos, la gracia era esa, su transparencia, su insustancialidad, se sentaría en una silla, y simplemente, estaría ahí. No le íbamos a ofrecer un saludo, una bebida, un “póngase cómodo, Sr. Corominas, está Vd. en su casa, ¿quiere tomar algo? no, no nos molesta en absoluto, por favor, su presencia será siempre bienvenida, perdone pero enseguida estamos con Vd., en cuanto terminemos este asunto que tenemos pendiente”, no nada de eso debía suceder.
Simplemente, no existiría, no estaría allí. Finalizada la función, o aburrido, es igual, sin un buenas tardes, se marcharía en el momento que le apeteciese, sin cruzar una palabra.
Hay que decir que el tema por nuestra parte se simplificaba enormemente, pues por no ser exhibicionistas profesionales, no hubiésemos sabido muy bien cual debía ser nuestra actitud, natural como la vida misma, mostrando los mejores y más jugosos detalles, estableciendo competiciones…..
Bueno, ha llegado el día D y la hora H menos cuarto. Estamos los dos en la habitación, mirándonos. No suele ser esta nuestra rutina. En general salimos a cenar, hablamos, vamos acercándonos el uno al otro a través de la voz, de las miradas, del contacto primero de una mano, luego de un beso, luego un roce en el asiento del coche, una caricia en la nuca, vamos rompiendo la frialdad del día, el stress del trabajo, aparcando las ocupaciones, haciendo las ultimas llamadas por teléfono mientras acostumbramos nuestra piel al contacto de la del otro. Tampoco era un ritual, a veces habíamos sentido la urgencia del deseo, y habíamos detenido el coche en plena carretera para perdernos en un soto, o en una caseta de obras bajo la lluvia, a veces simplemente, nos habíamos escapado a media película del cine porque sentíamos otras prioridades. Pero aquel día no. habíamos acabado de trabajar cada uno por nuestro lado, y nos habíamos dado cita en aquel hotel, porque no queríamos contaminar nada nuestro con esta aventura.
Los dos estamos allí, y diciéndonos: ¿y ahora, qué? No es una situación tensa entre nosotros, ninguno de los dos se arrepiente, pero no sabemos muy bien como empezar. El llegar, sentarnos en el sillón o tumbarnos en la cama y empezar los toqueteos no es nuestro estilo. Un poco preocupado, y con el ojo en el reloj (aunque tenemos tiempo), bajo a recepción y pido un whisky doble. Ya es un cambio en la rutina, no bebo nunca entre horas, pero en caso contrario no voy a ser capaz de empezar, de fumigar ese ángel de hielo que revolotea por la habitación. Ella mientras me espera sentadita en el sillón, jugueteando con el mando de la tele. No es exactamente la situación ideal. Ella zapeando, yo oliendo a alcohol. Me parece que la tarde no va a dar mucho de si, y le pregunto si lo dejamos. Me dice que por ella no, que si yo quiero…. tampoco es de gran ayuda, ignoro si lo dice por hacerme un favor, si realmente no le apetece y no quiere que me disguste, si tiene ganas y no se atreve a reconocerlo. Total, que, empujado por el whisky, le digo que adelante, le acaricio la cara, le beso el cuello, siempre vestidos, y, poco a poco, el ángel se funde.
Nos tumbamos, ella ya ha perdido en la operación la blusa y la falda, yo la camisa, hemos abierto la cama y estamos reiniciando el rito, mi boca perdida en su boca, mis manos acariciando su espalda, sus manos desabrochando mi cinturón.

Ya he alcanzado con la boca su centro, a través de las braguitas, mis manos perdidas debajo de su sujetador, cuando se abre la puerta. Yo solo me doy cuenta porque ella vacila un momento, noto la súbita tensión de su cuerpo, no puedo ver nada. Ella se da la vuelta, pone la cara en la almohada, no me queda mas remedio que continuar la caricia besando su espalda, desde el cuello hacia abajo, las yemas de los dedos reconociendo un camino tantas veces recorrido, su espalda, por el centro, contando sus vértebras (nunca ha salido el mismo numero), los lados, hacia sus pechos, ocultos a la vista por la ropa de la cama, pero accesibles si ella se incorpora minimamente. Lo hace, tengo ya su pecho entre mis dedos, no he visto aun nada ni a nadie.
No puedo evitar una mirada de refilón, y allí está el, el Sr. Corominas, muy compuesto, muy atildado, muy sentado en la silla, muy inclinado hacia nosotros, ni tan solo se ha quitado la chaqueta. A 30 cm. de mi espalda su examen nos detalla. La verdad es que no hay nada que ver, aun. Los dos estamos todavía medio vestidos, los dos le damos la espalda… pero esta situación no durará mucho, la verdad es que sus ojos me han electrizado, y ya no estoy muy cómodo en esta posición, me sobra toda la ropa, me estira mi cuerpo. No me queda mas remedio que incorporarme, sentarme en la cama del lado opuesto al suyo, quitarme el resto de ropa que me molesta. Bueno, ya estoy desnudo, sentado en la cama de espaldas a el y a ella, de perfil como un torero. No me queda más remedio que dar la cara, rápidamente, sintiendo sus ojos que me recorren entero.
La giro a ella, le quito el sujetador. Ella tiene los ojos entrecerrados, cosa extraordinaria, cuando siempre habíamos hecho el amor con los ojos abiertos, bebiéndonos las miradas. Volvemos una vez mas a los gestos tantas veces repetidos y siempre nuevos, sin abstraernos completamente, ni ella ni yo, sintiendo en nuestra piel y en nuestro sexo el roce de su mirada táctil. Mas de una vez atisbo los ojos de mi compañera dirigidos en diagonal, hacia donde está él; más de una vez algún movimiento que ella pueda hacer, para ponerse en posición más cómoda, o porque le molesta un pliegue de la sábana me parece a mi que es o bien para ocultarse, o bien para que el pueda disfrutar de la totalidad del espectáculo, no lo se muy bien.
No me importa mucho ya, han pasado los momentos de duda, en este momento es ya mi cuerpo quien lleva las riendas, y solamente pasa como una sombra por mi mente que en el fondo me excita el exhibirme impúdico, el compartir el olor y los sonidos: el ruido del somier, los golpes de nuestra piel en las acometidas, los murmullos húmedos cuando me retiro de ella, sus jadeos en algún momento, tantos sonidos que otras veces he robado de desconocidos en las soledades de mis noches de hotel, cuando, con una oreja pegada al tabique, escuchaba las parejas de la habitación de al lado.
Me gusta pensar en los ojos del Sr. Corominas clavados en mi cuerpo y en el de ella. Imagino lo que está viendo

Ella empieza a gemir, en un crescendo continuo, vez tras vez, tanto que me pregunto si es natural o no.
Porque ella no suele ser tan expansiva. Le veo a el de refilón, sin perder la compostura, sus ojos clavados en nosotros, no como un todo, no como decía el en su carta: “Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos…”, no, en este momento están sus ojos recorriendo nuestras piernas, dejando casi un rastro en ellas, llegando, perforantes, a fijarse entre ellas, no perdiendo ni un instante de la acción, recogiendo el brillo de nuestros cuerpos en sus pupilas. Y respecto a brillar, estamos esplendorosos, jóvenes, enamorados, bañados en sudor, disfrutando de nosotros, de estar allí, juntos, queriéndonos.
Nos olvidamos ya de todo, o al menos yo me olvido cuando ella decide que es el momento de terminar. Con una caricia experta, en el momento adecuado, logra que mi placer, siempre mas corto, más epidérmico, más brusco, se entrelace con el suyo, continúe a la misma cadencia, acelerando en determinados momentos, retardando en otros, en una espiral de la que solo saldremos exhaustos.
Ya no existe nadie más que nosotros, que nuestro cuerpo, ya no somos conscientes de nada más que del tacto de nuestra piel al fundirse en la del otro, de las pulsiones combinadas de nuestros cuerpos, incapaces de separar nuestra sensibilidad. Sé, siento lo mismo que siente ella cuando la acaricio, ahí, en el hueco que existe entre sus piernas, sabe ella, a través de mi, lo que es estar dentro de una mujer, lo que nota mi cuerpo cuando estoy en ella. Sabe ella, se yo, lo que tenemos que hacer para terminar, qué movimiento hacer, que caricia. Y lo hacemos. Terminamos en un suspiro de alegría, casi un sollozo, y permanecemos un tiempo infinito el uno en el otro, recuperando el sentido, los sentidos, los sentimientos.











May 7th, 2009 at 02:56
8CShoo emwabtfzaeld, [url=http://jcnmdslszxim.com/]jcnmdslszxim[/url], [link=http://rsakhaktpije.com/]rsakhaktpije[/link], http://ufithlpzfczy.com/
August 28th, 2010 at 19:22
[...] continuará [...]