(1.) Ella se acerca
Ella se acerca
Ella se acerca. Mientras hacía broma con unos y otros, hola guapo, que haces aquí, estás solo? se aproxima. Risas y rumores en la sala, oscura por el humo del tabaco que las luces indirectas atraviesan con dificultad, puntos de luz cegadores en el techo, risas y rumores que se detienen bruscamente, como un portazo, al preguntar ella: vienes conmigo? no muerdo, te lo aseguro, y que recomienzan en cuanto otro grupo viene a ser el objeto de sus comentarios. Allí donde ella está, los gritos de antes: “venga, quítale el tanga, que se vea, tongo”, se transforman en rápidas negativas, dichas con un hilo de voz, cuando ella les coge de la mano, suavemente, tirando de ellos hacia el escenario. Tímidas negaciones – no, no, en todos los tonos, cohibidos, no, no, no por favor, tajantes, no, en absoluto, pero sobretodo, patéticas risitas de conejo – voces que no alcanzan a articular palabra.

Ella se acerca. Vagamente espero que se entretenga por el camino, que encuentre otro blanco sobre el que lanzarse, que otro sea quien se atreva a seguirla al escenario, aquel oriental que fuma cigarrillo tras cigarrillo, uno de los rusos escandalosamente borrachos. Pero oscuramente sé que un borracho quitará brillo al espectáculo, y que un oriental es demasiado extraño. De alguna manera me siento condenado, no por el qué dirán de la sala, que me es indiferente, sino por mi propio orgullo. Me horroriza pensar que en el futuro, y ya para siempre, al recordar este momento, me diré: aquel día, cuando no me atreví.

Me queda la esperanza de mi vecino, tan solo como yo. Pero su mirada distante, displicente, como aburrido de estar allí, crean un cerco de frío a su alrededor. Por suerte, ella lo considera como un envite: hola, te aburres? ven a bailar conmigo allí arriba, acaríciame, tengo ganas de un hombre de verdad, no uno de esos que se ríen en el fondo y que se escapan de corrido o que se corren a escape en cuanto una hembra de verdad les mira. Va, vosotros, los del fondo Sur, valientes, salid de dos en dos, que no podéis conmigo. Pero los del fondo Sur no se mueven, y el vecino continúa en su postura de ejecutivo antes de dar lectura al balance de situación.
Ella continua, ¿no hablas inglés? ¿sprechen sie deutsch? ¿no será que lo que entiendes es el griego? – risas en el fondo de la sala, contentos de no ser ellos el objeto de los sarcasmos – Ven conmigo, que si no hablas el español, al menos practicaremos el francés. Y las risas arrecian, métele el starter, que está frío, gritan desde detrás de una columna, métele mano mejor, otra voz. El continua impasible, mirada perdida, inhumana, capitán de la Bounty antes del amotinamiento. Ella no va a perder más el tiempo. Sobre todo no mirarla me digo, disimular, ojos clavados en el vaso.
Ella se acerca.
Aparta la mesa, se pone directamente delante de mis ojos, mi estrategia se hunde. Ella me toma por la barbilla, me gustan los hombres con bigote, abarcan más territorio cuando lamen, y empieza a tirar de mí. Claro, puedo resistir, pegarme al asiento, lapa asociada a la roca, un todo con la silla. Y no perdonarmelo luego nunca. Finalmente estoy en pie, los gritos arrecian, aliviados ya del pánico, subo tres escalones, ya estoy sobre el escenario, y me detengo, paralizado.
Pide un aplauso, y mientras trata de tranquilizarme
“ vamos a bailar un poco, no sucede nada, vamos a calentar un poco a la sala. Abrázame fuerte, y no te preocupes de dónde pones las manos” susurra en mi oído. Suena una balada romántica, las luces disminuyen y bailamos. Pongo las manos sobre sus caderas, y ella las baja hasta las nalgas, puedo notar la rejilla de sus medias bajo la falda. Mueve las caderas en un suave ondular. Se inclina sobre mi cuello, cálido aliento detrás de mi nuca y continuamos el baile. Sus manos pasan de mi pecho a la espalda, me acaricia los brazos mientras, delicadamente, desabrocha los puños de mi camisa.
Suavemente me acaricia el pecho, sobre la ropa primero, abriendo los botones luego y pasando la mano entre el algodón y la piel, caricias en las areolas. Mientras, bailamos en el escenario y el público deja de existir. Me dice que demos un poco de alegría a la sala, que si no, se quedarán dormidos. Me besa, y al mismo tiempo me quita la camisa y la deja caer al suelo.
Se aparta, y en unos pasos de baile se quita también la blusa. Sus pechos, libres de sujetador, pezones negros sobre su piel pecosa, apuntan hacia mi.
Ella se acerca.
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