Ella se acerca 2
Ondulante, se pone de espaldas a mi, indicándome que la abrace, las manos en sus pechos, mientras sus caderas avanzan y retroceden, en muda invitación al amor. Siento mi cuerpo responder a su roce mientras pienso en cada una de las personas de la sala, ojos fijos en mi y en el relieve bajo mi ropa, que, casi invisible hasta hace unos instantes, toma forma.

Ella se quita la falda, y los rubios rizos dejan ver que solo va vestida con medias y ligueros. De espaldas a mí, pone mis manos sobre su pubis, ya su único movimiento es un ondular de caderas, de lado a lado, rozándome con su cuerpo. Con mis dedos trato de hallar su centro, tarea imposible por su movimiento, no coopera en absoluto, no quiere que mis manos se introduzcan en ella.
El público, enardecido, grita: qué se vea, que se aparte, tongo, todo aquello que tanta gracia me hacía, antes y que ahora no deseo, vergüenza de mostrar mi desnudez abultada.
Se separa de mi, las luces cobran toda su intensidad, y me muestra a la sala, orgullosa del resultado, abombamiento obstaculizado por la ropa, refrenado, incómodo. Me giro para dar la espalda al público, pero no evito nada, porque en los espejos del fondo del escenario, en el centro del reflejo de la sala estoy yo, en ropa interior, por suerte ya sin calcetines. No estoy seguro de querer seguir, ya he demostrado que podía salir a la palestra y exhibirme. Pero tal vea sea ya un poco tarde, me digo, no puedo decepcionar al público, a mi público.
Ella se acerca.
Me pone otra vez de perfil, y de pie a mi lado para no ocultar la ceremonia a nadie, introduce una mano experta bajo la cintura de mi ropa ropa interior, y en un toque experto, casi instantáneamente, hace que retome la forma, desaparecida bruscamente ante la avergonzante visión del espejo. Por lo breve de su caricia intuyo que desea obtener simplemente un bajorrelieve prometedor, desea guardar el misterio para el siguiente acto, sin que por ello yo me sienta disminuido y el público, desilusionado.
Decidida me quita los calzoncillos, pero de forma en cierto modo funcional, sin aspavientos, como si fuera una enfermera, lo mas natural del mundo. Me pone en cuclillas, de lado, de tal manera que no se me pueda ver completo, mi sexo, liberado de la presión de la ropa, tendido casi horizontal, oculto por las piernas. Su espalda está ahora delante de mí, se inclina de rodillas, mostrándome sus nalgas, invitándome a que la bese.
Lo hago, separo su vello con las manos, y mi lengua alcanza entonces los suaves pliegues de su piel. Su sabor y el gesto eternamente repetido me hace olvidar dónde estoy, y hundo mi cara en su cuerpo, olor a mujer, siempre perseguido y algunas veces alcanzado. Noto el conocido latido de mi sangre entre las piernas, y mi subconsciente se preocupa por ello, mi consciente está todo él volcado en el suave tacto de su piel, mis manos acariciando ya sus pezones, ya abierto para mi lengua el camino de su centro. No parece desagradarle, sus movimientos acompañan a los míos, complementándolos. Subiendo su cuerpo, o bajandolo para que mi boca acceda a donde ella quiere que beba.
Hasta este momento, aparte del hecho de estar en un escenario, rodeado de espejos y de luces, lo que se había entrevisto de mi cuerpo es lo que suelo mostrar en las playas nudistas. Desnudo, si, algo más excitado, también, pero en unos límites razonables, nada ostentoso. Si estuviese en la playa, en este momento podría ir hasta el mar sin sentirme avergonzado, sumergirme en el agua, nadar un poco y salir, reposado.
Pero ni estoy en la orilla del mar, ni es arena lo que hay bajo mis pies, no hay sol, es un foco circular el que nos ilumina, el que siluetea nuestros cuerpos, el resto del escenario en total oscuridad, y, desde luego, mi cuerpo ya hace rato que ha traspasado los limites de la discreción.
Delante de mi, en blanco, los dos volumenes que terminan su espalda, en negro, el lugar en el cual estoy hundiendo mi cara en estos momentos, caricias con la nariz, con los labios, con la lengua, manos acariciando sus pechos.

Mi cuerpo responde a estas sensaciones, profundos, espesos latidos, deliciosos al no haber nada que los refrene, olvido del mundo, concentrado en ella, en sus movimientos de fuga, para evitarlos paso mis manos por su cintura, hundo mis dedos en su vello, me pierdo en resbaladizos senderos, noto en mi piel y en mis labios que su cuerpo está preparado para aceptar al mío.
En esto, el público grita, “queremos verlo, que lo enseñe”, devolviendome a la realidad. ¿que más quieren ver? y me doy cuenta que mi sexo, perdida la horizontalidad, se alza ahora, sobresaliendo entre mis piernas.
Y esto es lo que ahora ven, y quieren ver mejor, y para esto han venido, y para esto han pagado. Ella, rápidamente se aparta de mí, me pone en pie, y ahora sí, ahora mi sexo se yergue, dominante, soberbio, en toda su extensión, apuntando al cielo, mientras la sala aplaude.

(continuará)
Tags: exhibicionismo, voyeur



June 3rd, 2009 at 16:10
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