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Archive for June 5th, 2009

1. En el cuarto oscuro

Friday, June 5th, 2009

Introito

Este es un ejercicio participativo. Como en los cuartos oscuros no se sabe qué sucede, la historia empieza en este capitulo, y tiene dos posibles desarrollos. Al final de este capitulo hay dos links, el lector puede elegir el que le guste. Yo trataré de que las historias puedan cerrarse, es decir, que se usen todos los capitulos (finalmente, en una ficcion caben tantos orgasmos como se precisen :) , pero no puedo asegurarlo que me quede alguno descolgado.

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Sentia unas manos que avanzaban por su espalda, mientras bailaba. Manos dubitativas, suave roce de la yema de los dedos sobre su piel erizada. No eran las de su pareja, firmemente asentadas sobre sus nalgas, presion del que se siente seguro propietario. Se preguntaba si el se iba a dar cuenta de que alguien más estaba tocándola, poniendo sus nervios a flor de piel. El, como era habitual, no se daba cuenta de nada.

La verdad es que en aquella sala de baile, prácticamente a oscuras, todos se movian por el tacto. Era una de las gracias de aquel cuarto de luz tamizada, en el cual las parejas venian a abrazarse, a acariciarse en una penumbra cómplice. Las manos habían empezado en el centro de su espalda, y ascendían suavemente hacia su nuca.

Rodearon el cuello del sueter, y se aposentaron en la carne tierna donde nace el pelo, lanzando un escalofrío por todo su cuerpo. No entendía como podía el no darse cuenta de todo su cuerpo puesto de pronto en tensión, del tirón en sus pechos, de la súbita fuerza de su vientre, tendido hacia el de él. El baile los llevaba, un baile lento, un “agarrao de baldosa” para entendernos, un suave bolero que, una vez iniciado… “Pintor, que pintas iglesias…” ya era seguido por el subconsciente colectivo.

“Pintor, que pintas iglesias, píntame angelitos negros….” eso decia la canción. Ella trataba de ubicarlo, en aquella sala de baile, donde todas las parejas se tocaban mientras trataban de evitarse. Buscaba sin querer las manos de las otras parejas, tratando de localizar quien estaba en aquel momento acariciando su cuello, quien bajaba suavemente la mano sobre su brazo, quien la remontaba hasta el suave calor de su axila, las yemas de los dedos de quien, finalmente, se desplazaban por el pliegue de sus pechos. No, no era el vertice aprisionado por el cuerpo de el, no era su vientre, que se apoyaba contra el pubis de el, el centro de su deseo, era aquel tacto desconocido, desencarnado, sencillamente dedos, manos que la tocaban como nadie, nunca, la habia tocado.
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Soñaba en quien podia ser, a quien pertenecerían aquellos dedos que imaginaba largos como los de un pianista. Había leido hacia mucho tiempo una historia de horror, de las manos embrujadas de un músico, secuestrado por las tropas de Saladino, y llevado a India, donde habia sido aceptado en la corte del Rajá. Y allí había adaptado la musica de laúd que el conocía tan bien a las complicadas tonalidades de la música india, inventando la citara. Pero el Rajá, en su lecho de muerte, había ordenado que le cortasen las manos para que ya nadie, nunca mas, pudiese oir la música que habían inventado para él.

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