4a. En el cuarto oscuro. El
El era, en aquel momento, una ropa que ella estaba bajando, y que medio tropezaba con la desnudez, ahora si, erguida, del desconocido, mientras su pareja se daba el lote en el rincón más alejado del cuarto.
Ella no quería tampoco que esa experiencia de club de intercambio, que a ella no le había interesado nunca, a la que había accedido por expreso deseo de su novio, finalmente quedase en algo casi vergonzoso, que cada uno iba a ocultar en el fondo de su memoria, como un secreto inconfesable más de los que no se iba a hablar nunca, hasta el día en que, uno de los dos, enfadado con el otro, lo sacase:
“- te acuerdas del día en que estuvimos en el club aquel, y que te escondiste en el rincón para comerle el coño a aquella rubia de bote? seguro que ya te la habías acostado antes con ella…” o cualquier lindeza por el estilo.

Ella quería por el contrario un juego abierto, conjunto, de todos con todos; si su compañero quería compartirla – ¿o sería que quería follar con otra, y si el peaje a pagar era que alguien se tirase a su mujer, pues que lo hiciese? -, hacerlo bien, y que la viese. No había querido venir a este club? pues adelante con los faroles.
Asi que se lo llevó al desconocido junto a su pareja, en aquel momento sentado en un cojin bajo, mientras la chica de las tetas pequeñas estaba sentada encima de él, dando la espalda a la pista. Su compañero parecía estar en la gloria, y le sonrió cuando la vio llegar, contenta que ella también hubiese decidido participar en el juego
Empezó a acariciar al desconocido debajo de la ropa, palpando su carne, excitándolo hasta que le pareció que era el momento de lucirlo. Le bajó al mismo tiempo los pantalones y la ropa interior que él se quitó, junto con los calcetines. Ella se lo agradeció.
Los dedos de él se perdieron en su vello púbico, las manos de ella agarraron su desnudez erguida, mirando desafiante a su pareja, que de pronto pareció desinteresarse de la rubia acoplada a su cuerpo.

Ella le guiño el ojo, el no contestó, ojos clavados en la desnudez del desconocido, en las manos de ella subiendo y bajando, mostrando, demostrándole a él lo que podía hacer en el cuerpo de otro, lo que sabía hacer.
Ella no sabía prever sus movimientos, no sabía cuán cerca estaba del orgasmo, tampoco quería que la tocara, estaba demasiado interesada en lo que estaba haciendo, en que su pareja lo viese bien, no podía tolerar distracciones, así que delicadamente le cogió las manos, y las puso sobre sus pechos.
Se concentró en el movimiento de sus manos, sintiendo la diferencia, la que acariciaba en aquel momento algo más gruesa, pero, sobre todo, más “morbida”, más liquida, más móvil, la piel tenía más recorrido, probablemente porque el desconocido no había sido operado cuando joven, y le quedada esa piel que descubría por momentos una cabeza morada y mojada, a punto de estallar.
A punto de estallar es como estaba su novio, pero de otra manera, olvidado ya de la rubia que aún le tenía aprisionado, pendiente solo de las manos de ella, del cuerpo de ella. Ella estaba excitada ahora por la nueva piel, por la capacidad de entregar o negar placer, pero solo con sus manos, sin que su cuerpo estuviese involucrado. Su cuerpo intocado, sus manos en cambio acariciando la verga del hombre, que avanzaba su pubis a cada movimiento de las manos.
El desconocido ya no jugaba con el cuerpo de ella, y ella solo estaba pendiente de él, sentía sus pechos duros, su sexo mojado como si tuviese una regla intempestiva, pero no quería más, quería finalmente brindar el placer que le estaban demandando, sentir el cuerpo de él arquearse, vaciándose en sus manos.
Pero quería que su novio asistiese a este momento.
Sin distraerse
Tags: cuarto oscuro, deseo



June 11th, 2009 at 19:26
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