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1. Colaboración: los pezones masculinos, terra incognita

Esta es una historia recibida. La cuelgo sin tocar una coma, tal como la he recibido, con los nombres propios que usa el autor, aunque he buscado las fotos que me han parecido mas adecuadas, y la recorto en tres entregas, que tengan la longitud adecuada.

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Ésta es una historia real. Ocurrió a lo largo de un año y medio y terminó en enero de este año. Por mi culpa. A veces cometes actos irreflexivos que acaban con una experiencia que ya había entrado en tu vida como algo importante. Al final de la historia comprenderéis por qué lo digo.

Todo empezó en una cena de matrimonios, cuando un marido comentó que desde hacía unas semanas acudía a una masajista que calmaba sus nervios y le daba fuerzas para volver a la vorágine de cada día. Como es de rigor, se sucedieron los comentarios sobre qué le debía hacer la masajista y las consabidas bromas, que quedaron atajadas cuando él afirmó que ella era una persona madura, de unos 50 años, muy competente y que no se anunciaba en los periódicos, porque sólo admitía clientes cuando se los presentaba una persona conocida. Era un masaje serio. Al decirlo junto a su esposa, nadie lo dudó. Además, su esposa también iba a hacerse masajes de vez en cuando.

A la mañana siguiente le pedí por teléfono que me facilitara el acceso a la masajista y me dio su número. No diré su nombre (sé su nombre completo porque figura en varios diplomas que cuelgan de la pared del gabinete de masaje), pero para nombrarla de alguna manera, la llamaremos Raquel. Cuando la llamé, mi amigo ya la había puesto en antecedentes. Al cabo de unos días, me presenté a la hora convenida y me dio un masaje por todo el cuerpo, primero boca abajo, luego boca arriba (excepto en los genitales). Realmente era serio y de una gran calidad. Quedamos para la semana siguiente. Entonces, reservé hora cada miércoles por la mañana y se fueron sucediendo los masajes sin novedad. No hablábamos mucho. Los masajes eran largos, de duración variable, no hacía más de cinco masajes al día. Al acabar cada masaje hacía una cosa peculiar: te preguntaba lo que te había gustado, lo que no, lo que notabas a faltar, etc. y lo apuntaba en una ficha abierta a tu nombre, aunque para guardar la intimidad se trataba de un nombre supuesto (por ejemplo, yo me llamaba Santi III, porque ya había otros dos clientes más antiguos que yo con el mismo nombre que se me ocurrió darle). Según decía, la masajista tiene que amoldarse a los gustos del cliente, que son diversos y muchas veces contradictorios.
cuerpo masculino
Al cuarto o quinto masaje, no recuerdo con exactitud, al acabar cada parte (boca abajo, boca arriba), estuvo un corto espacio de tiempo (quizás uno o dos minutos) pasando sus dedos muy suavemente, como acariciando todo el cuerpo, excepto, naturalmente, los genitales. Cuando me preguntó sobre el masaje para anotarlo en mi ficha, le dije que las caricias finales me habían gustado mucho y que hubiera deseado que durasen más tiempo. Me dijo que no había problema, pero que me advertía que en ningún caso me tocaría los genitales, que eso estaba terminantemente prohibido. Acepté. Lo cierto es que cuando pasaba sus manos por la parte interior de los muslos, era inevitable que rozara a veces la bolsa de los testículos, pero no pasaba de ahí.

Al masaje siguiente, las caricias se prolongaron por más tiempo. Yo le hacía ver donde me gustaban más con suspiros o jadeos, primero tímidamente, pero al ver que los aceptaba sin problemas y que tenían como consecuencia que las caricias se localizaran mas especialmente en las zonas para mí más eróticas, empecé a acompañar los suspiros con las palabras para indicarle lo que me gustaba que hiciese. Al acabar el masaje, le dije que sabía acariciar muy bien y que le agradecía que hubiera durado un buen rato. También le mencioné que mis partes preferidas eran las nalgas, las piernas y, especialmente, los pezones, que nunca nadie me había acariciado y que había notado un gusto muy especial cuando pasaba la mano sobre ellos. Ante mi sorpresa, me dijo:

- Es que los hombres creéis que es cosa de mujeres y eso depende más de las personas, que del sexo de cada uno. Hay hombres que son muy sensibles y otros no, y lo mismo pasa con las mujeres. Algunos clientes me piden que insista ahí y yo no tengo ningún inconveniente. Lo único que no me puedes pedir es que te toque los genitales y lo que nunca debes hacer es tocarme a mí, ni por asomo. Todo lo demás forma parte del masaje.

Continuará

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