3. Colaboración: Los pezones. Zona por descubrir
Después de unos meses, era tanta la confianza que le tenía, que ya no me importó que Raquel viera cómo me masturbaba. Es la única persona en este mundo que me ha visto hacerlo y muchas veces. Boca arriba, ella tocándome los pechos, después de haber recibido mucho placer, con mi mano me masturbaba. Y encontré placer en hacerlo de diferentes formas, para que ella lo viera. No le pedí que me mirara. Al principio, ella cerraba los ojos pero en algunos momentos los abría y me sonreía.
Desde el primer momento le dije que no me importaba que me mirase, pero tardó dos o tres sesiones para hacerlo francamente. A partir de entonces ya no los cerró. Con su sonrisa, con sus muecas, a veces con una leve risa, me incitaba. Un día, al final de un masaje, me confesó que le gustaba mirar y yo reconocí que para mí formaba parte del placer, que así se hacía más intenso. El masaje que había empezado muy seriamente, se había convertido en el placer mayor que he percibido nunca.

Aún lo recuerdo y maldigo la hora en que no supe controlarme y de una forma muy inconsciente –quizás no tanto, en muchas noches de insomnio me imaginaba que ella me tocaba los genitales y me masturbaba-, cuando me estaba acariciando el vientre, cogí su mano y la cerré sobre el pene con mi mano encima. Raquel la sacó inmediatamente y se enfadó mucho. El masaje acabó como siempre, pero Raquel ya no miraba ni me sonreía.
Antes de irme le pedí perdón. Pero ella me dijo que antes de volver la llamara, porque no estaba segura de querer continuar con los masajes. Y cuando la llamé me dijo que no, que no volviera. Eso fue en enero de 2009. Hace unos días, cuando tenía pensado escribir este relato, que es enteramente real, la he vuelto a llamar, pero no responde al teléfono. Ayer llamé a mi amigo, el que me la presentó, y me ha dicho que ya no está en Barcelona, que se ha ido con su hijo a un pueblo de Andalucía donde vive su madre, que es muy mayor y se está muriendo. Raquel era madre soltera. Probablemente se quedará a vivir en su tierra.
Esta historia me ha hecho reflexionar sobre otra, ésta bastante más antigua –yo soy un hombre maduro-, cuando una amiga mía casada, mayor que yo, me pidió diversas veces que le tocara los pechos y le acariciase los pezones, porque su marido no se lo hacía y cuando se lo pedía, duraba un momento. Iba directamente al grano, decía. Ahora sé por qué me lo pedía, yo aprendí con ella a hacerlo y siempre me ha dado resultado con las mujeres. Lo que no sabía, antes de conocer a Raquel, era que yo podía gozar tanto o más que ellas. Después lo he sabido, pero por desgracia, también he descubierto que muy pocas mujeres, ¡pero que muy pocas!, saben tocarle los pezones a un hombre y llevarlo hasta las estrellas.
Últimamente, tengo que tocármelos yo mismo porque, en este aspecto, voy de fracaso en fracaso. Además, no es lo mismo. Para eso, una mujer es aún más necesaria que para la masturbación.
Septiembre 2009.
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