
Abrió los ojos tras un momento, aún no del todo recuperado, viendo ya al masajista arrodillado entre las piernas abiertas de Luisa, mirandola fijamente, una mano perdida en el cuerpo de ella, entre sus muslos, en el interior, la otra recorriendo el pubis, los pechos, las caderas de ella, moviendose sin control, sus suspiros, sus gritos de deseo que ella trataba de ahogar mordiendose la mano. El masajista puso su mano cerca de la boca de ella, ella la mordia y la besaba alternativamente, la boca de ella era prensil como su sexo. El la veia en el placer desde fuera, como un espectador, algo que no era de su responsabilidad, algo que le trascendia, que no le exigia nada. Sentia como propio el placer de ella, sin celos, sin angustia, porque sabia que el masajista estaba alli como un consolador viviente, pero que una vez hubiesen salido de aquella sala volverian a ser ellos dos.
Quieres que os dejemos solos? preguntó Amanda, o seguimos nosotros?
No, seguid vosotros tal como habíamos acordado, dijo el.
Pues si te parece, te hago yo ahora la relajación, y asi estas tranquilo para verla a ella, dijo mientras estaba a los pies de el, acariciando su sexo con una sonrisa. Sentía su mano recorriendo su verga, cubriendola de aceite, el tacto frio del aceite en sus huevos, en el culo, mientras ella no separaba las manos de su cuerpo, e iniciaba con mucha sabiduria el movimiento. No se como Luisa pudo sentir lo que le sucedia, pero aun alcanzó a ver sus ojos clavados en las manos de Amanda, en su sabio movimiento, en su cuerpo que lo acompañaba, en sus suspiros que reforzaban el ambiente de sensualidad de la habitación.

Una mano de Amanda fijada en su sexo, la otra que, subiendo los muslos, se perdia por los huevos, los tomaba, los hacia resbalar, que llegaba al culo, se entretenia en el anillo oscuro y sensible y tan desconocido, los ojos de Luisa clavados en el, su sonrisa que le acompañaba, no iba a aguantar mucho rato ese tratamiento, sintió el calor anunciador, las piernas que se cerraban sobre la mano que le aprisionaba, las caderas yendo al encuentro del cuerpo de Amanda, abrió los ojos, vió a la mirada de Amanda fija en Luisa, la mirada de Luisa fija en la mano de Amanda, sintió la última tensión en su interior, que finalmente, en unos sobresaltos se vació en unas primeras gotas cálidas que sintió sobre su pecho, para terminar en un último espasmo en las manos de Amanda que sonreia.

No estabamos lejos del extasis, dejemos que hable el exegeta de la escultura de Santa Teresa, de Bernini, lo que le sucedia a Luisa en aquel momento:
El rostro de Santa Teresa está transido de placer, entregada a la posesión, tiene los labios abiertos dejando escapar un suspiro liberador que le nace de las entrañas, los ojos cerrados, la cabeza con abandono total de la voluntad está inclinada hacia atrás, mientras un ángel, un delicioso y promiscuo adolescente, levanta una flecha con una sonrisa lasciva y la dirige al coño de la santa, con la intención de señalarnos el centro del placer, hacernos ver que ahí, en ese sitio está la verdadera devoción y entrega del cuerpo puro de Teresa de Jesús. El ángel la va a penetrar con esa flecha, la va llevar al desmayo, a la inconsciencia, a la locura y para lograrlo Berinini esculpió con una delicadeza espléndida, una abertura entre los pliegues del mármol de su hábito, la santa muestra una vagina virginal y profunda, muestra la entrada a los más sagrado de su ser.

El sexo de ella iba al encuentro de la mano que la aprisionaba, los labios de ella mordian los dedos del masajista, el le cogió la mano imbricando los dedos como hacian cuando hacian el amor, y eso fue en cierto modo la señal. La mano de ella se cerró en torno a la suya, como si hubiese esperado la aprobacion de el para dejarse ir, se miraron y en unos gritos apenas disfrazados llegó su placer, interminable. Enlazo los orgasmos hasta que aparto la mano del masajista, y se acercó a él. Se abrazaron, mientras Amanda les decía: nosotros salimos, os quedais el tiempo que querais, y nos llamais.
Y alli se quedaron ambos, sobre el tatami que olía a incienso, aceite y sexo, abrazados, recuperando la respiración.
El le preguntó: estas bien, vida? si que estoy bien, y tu? encantado, amor, estoy encantado.
Probablemente al poco rato hubiesen vuelto a hacer el amor ellos dos, hacer el amor por deseo, por necesidad de tenerse una vez mas
pero esa es otra historia