(2.) Colaboración: El primer Deseo
Tuesday, November 22nd, 2011Cuando llegué al café, Rosa ya se encontraba en ese rincón de la primera planta que con el tiempo hicimos nuestro. Estabamos solas, sentadas en un divan corrido, delante de un espejo inclinado que nos reflejaba a ambas, dos amigas en confesión.

Rosa, seis años mayor que yo, era, es, una mujer sincera, directa, sin rodeos en preguntas; de igual manera desea respuestas sin rodeos. Me contó que hacía dos años rompió con su amante, una mujer que, después de la ruptura, marchó para la Argentina, concretamente a la ciudad de Viedma en la Patagonia. Desde esta ciudad, Rosa recibió la primera y la única postal de su ex amante. Una postal con una gran panorámica cortada por el río Negro y que era, junto con sus recuerdos y un sujetador olvidado en la lavadora, lo único que conservaba de Muriel. Aquella tarde de un jueves otoñal, en el Café, Rosa, entre tantas cosas que me contó, cosas que supongo irán saliendo a la luz en su momento, dejó muy claro que en cada cruce de nuestras miradas o cuando pensaba en mi en aquellas noches agobiantes del verano recien acabado en nuestra ciudad de playa, o cuando recordaba esos momentos y movimientos al desvestirme o vestirme en el vestuario laboral los días de verano, sentía humedecerse su sexo y entreabrirse sus labios.
Hacía tiempo que Rosa no experimentaba esta sensación, desde que marchó Muriel. Hubo algún que otro momento de intimidad sexual con otras mujeres, pero no se mojaba, le costaba muchísimo, tenía que lubricarse, cosa que le parecía artificial y lo dejaba estar. Le decía a su compañera que lo dejara, que era igual, y, para no desilusionarla, Rosa comenzaba a acariciarla, masturbarla, lamerla hasta que a su compañera le llegaba el orgasmo; entonces ponían un punto y final a esas experiencias que nada le aportaban, si no es una intensa frustración, el pensar si, tal vez, iba a ser incapaz de sentir deseo por otra persona.
Para certificar sus palabras, la confesión de Rosa sobre su deleite al verme o pensar en mí, me susurró que bajara mi mano derecha a sus muslos. Unos muslos blancos, calientes, finos.

Rosa llevaba una blusa blanca bordada en beige, con un cuello alto, Mao, cerrada por la espalda, tensa sobre sus pechos que transparentaba las puntillas de un sujetador que aprisionaba aquellos pechos en los que deseaba perderme. Una falda azul, corta, amplia, que se abrochaba a un lado, y con un corte lateral, a la manera de un jipao cubria unos muslos blancos, calientes, finos
Rosa se inclinó un poco hacía adelante algo ladeada como dándome la espalda, me dijo que introdujera la mano por su cintura hacía abajo.
(continuará)










