
Mientras me quitaba mis botas, negras, mi pantalón ajustado de falso cuero y mi camisa verde iba poco a poco volviendo a recordar la noche anterior, llena de lujuria y confidencias, llena de amor, de deseo, de juegos peligrosos y extenuantes, de nuevo el mecanismo calentaba motores, sentía nuevamente las oleadas del deseo que invadían mi cuerpo.
Tú enseguida te encontrabas boca abajo en el tatami, expectante, cercano, con tu piel dorada y tus hombros jóvenes y fuertes, de los que tantas noches me había colgado entre suspiros y gemidos inacabables, llenos de risas cómplices y jadeos encantadoramente pueriles.
Ya estoy aquí, contigo, espero que entren pronto, necesito un beso, húmedo, largo, profundo, la verdad es que me gustaría disfrutar un rato de ti, a solas, a costa de suprimir nuestra sesión de masaje tailandés.

Tu sientes mi necesidad de ti, tal vez sientes tu tambien necesidad de mi, te incorporas un poco, me incorporo otro poco, mis pechos se levantan del tatami, se muestran orgullosos, me los acaricias, perdidos tus dedos pellizcando la areola, me besas, me provoca tu lengua, te devuelvo el beso
Me dices que ya estás en plan, que con mi desnudo acariciante y la visión de mis pechos infantiles, tu centro se ha despertado cual adolescente en pleno cóctel de hormonas masculinas; quiero verte, muéstrate, me encantará, te lo pido, te incorporas un poco mas, y alí estabas, expectante, con tu falo tenso, deseoso, preparado para clavarse en mi interior con el empuje de tu masculinidad pulida por tantas experiencias y tantas mujeres necesitadas de amor, de comunicación, de lujuria desatada.
La puerta se abre y deja pasar a la masajista, la brasileña misteriosa que nos había recibido en la entrada discretamente y a su compañero, un chico muy joven tan nervioso o más que yo misma.

Lo miré de reojo, apenas lo entreví, no quise mirarlo, quería que fuese nada más que un cuerpo, unas manos, no una cara, una boca unos ojos… un cuerpo que, ungido ya en aceite, se estaba restregando sobre mi, una boca que me soplaba en el oído, que me decia: hola, me llamo Javier, unos ojos que notaba clavados en mi cuerpo que solo podía ver de espaldas.
Era la primera vez que me tocaba un desconocido, era la primera vez que estaba sin ropa ante alguien que no fuese mi pareja, pero mostrando mi cuerpo desnudo sólo podía pensar en lo que estaría provocando en ti y en el masajista, que ya temblaba con sus piernas alrededor de mi pierna derecha mientras dejaba resbalar por sus dedos el aceite esencial que me hacía estremecer.
Sentía, ¿cómo no iba a sentir? su hombría, su sexo erguido dentro del slip, duro, ansioso, era algo que tenia que suceder, pero con lo que no contaba… era un homenaje hacia mi, claro, pero era una situación nueva, excitante, con la que no sabia qué hacer. Se suponía que debía tocarle? las reglas eran claras, seria un masaje sensual, bodybody, sin sexo.
Pero qué podía yo hacer, que debía yo hacer con aquel sexo que chocaba contra mi pierna, y que notaba, erguido, hinchado y firme, deseoso de cumplir su función, de penetrarme, de entrar en mi cuerpo, de vaciarse en él.
Y, mientras sentía su erección rozando mis muslos, me preguntaba si tu lo habías previsto, y si lo ibas a aceptar, o te enfadarías (es un masaje sin sexo, me dijiste). Anda y explícale eso a la joven virilidad de Javier!
Miraba a tus ojos, abiertos, esta vez, concentrado en mí, en verme, en recorrerme, en identificarme y no perder un detalle de cada suspiro, de cada movimiento de mis labios, de mis caderas, mis piernas que ya adelantaban el temblor del éxtasis.
(continuará)