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(1.) Colaboración: El primer Deseo

Thursday, November 17th, 2011

Recibi esta preciosa colaboración que proviene de un blog que indicaré, si quien lo escribió me autoriza a ello

Por supuesto, antes de aquel jueves tan primaveralmente recordado, antecedieron otros días, otros jueves igualmente para recordar y guardar en el álbum de la memoria.

Como si fuera ayer, de este ayer ya han transcurrido seis años, que fragante queda ese primer jueves en mi casa.

Pero eso sucedió despues… recuerdo la primera vez que Rosa aguó mi cuerpo. La primera vez que, de alguna manera, me asusté al ver estremecer el cuerpo de Rosa, esas repetidas convulsiones de placer, espasmos en una mujer que nunca, hasta que nuestros cuerpos se entregaron, había visto ni por supuesto habia experimentado antes de conocer a Rosa, de enamorarme de Rosa, de amarnos.

Primero fueron nuestros ojos los que se citaban sin palabras pero con disimulo tras el mostrador del comercio donde ambas tratábamos con clientas histéricas; dónde las dos, cómplices, nos reiamos de ellas y nos guiñabamos el ojo cuando se iban, tras la compra de algo que para nada precisaban?. Más tarde llegaron las palabras, los encuentros provocados y los correos electrónicos señalando el café y la hora de nuestra cita.

Deseábamos irnos conociendo, penetrar la mirada, el pensamiento de la otra. Saber si aquellas nuestras miradas de reojo cuando creíamos que la otra no nos miraba correspondían a una amistad más allá de las palabras, o un capricho sexual apenas reconocido por lo “incorrecto”, o a un enamoramiento de mujer a mujer, a algo que nuestros ojos frente a frente no podían o querían disimular.

Mi satisfacción sexual, mi cosquilleo ante la presencia de otra mujer lo habia experimentado desde joven, veinte pocos años.

Creí que sería pasajero, digamos que siempre me fijé en mujeres superiores a mí. Cuando digo superiores me refiero a que eran mayores que yo o, que despuntaban en algún deporte escolar, como por ejemplo Adriana, una jugadora de voleibol tres años mayor que yo.

Me mantuve como jugadora de voleibol hasta los veinticinco años, pero entre Adriana y yo solo hubo miradas, curiosidad cuando tratabamos de coincidir en el vestuario, de entrar juntas en la ducha (“todas las duchas estan llenas, me dejas entrar, que se me hace tarde?”) . Pero en Septiembre de 1990 Alberto aprobó las oposiciones como notario (años antes se había licenciado como periodista y era corredor de bolsa en sus ratos libres, pero por tradición familiar, tenía que ser Notario), y alli se acabaron el volley y las coincidencias.

Alberto era un buen partido, con notaría propia, heredada de su padre, ultimo vástago de una familia con génesis y generaciones de licenciados en abogacía y cuatro años mayor que yo. Tras algunos años de noviazgo decidió o fue decidido (aquí te lo cambio para marcar que tu no tienes nada que ver) que antes de finalizar 1990 nos casariamos.

Planeado, dicho y hecho.

Ese cosquilleo, mariposas aleteando dentro de mi del que hablaban mis amigas, que habia leido en el Cosmo que me tenia que suceder, no lo había experimentado nunca cuando Alberto me poseía o se montaba brevemente encima de mí. Cierto es que Alberto, excelente hombre de negocios por otra parte, nunca tuvo para las fantasías sexuales ni siquiera el minuto que dedicaba a su placer y al mismo tiempo, tratar de dar satisfacción al mío.

Así estaban las cosas, sin Volley, con un trabajo mas para ocupar el tiempo y huir de casa, con las miradas casuales a Rosa, cuando recibi un breve correo, que imprimí, para estar segura de no olvidarlo en el que me decia “A las 18h en el primer piso del Café de la Tarde”

(continuará)

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