2. Colaboración. Pezones masculinos y orgasmos
Sunday, October 4th, 2009El masaje siguiente fue impresionante. Al final me estuvo acariciando los pezones durante mucho rato. Cuando paraba y sus manos se dirigían a otro lugar de mi cuerpo, yo le pedía que volviera a acariciármelos y ella lo hacía con los ojos cerrados y, cuando los abría, me sonreía y preguntaba:
- ¿Voy bien? – y seguía trabajándomelos.
Nunca en la vida he sentido una sensación más extraordinaria. Para mí es más intensa que el orgasmo y puede durar indefinidamente. Al parecer, por lo que me dijo, los hombres al cabo de un rato no resisten más y tienen la necesidad de correrse. Yo puedo estar horas. Pero hay que saber hacerlo. Ha de ser un tacto muy suave, con la yema de los dedos, a veces rozando, en otras meciendo la punta, en otras sin dejar el tacto y moviéndolos circularmente. Lo importante es la suavidad y el ritmo. Si mientras te lo hacen (si lo hacen bien) cierras lo ojos y pones tu mente en los dos puntos del placer, te da la sensación de que es tu cuerpo, como un todo, el que tiene aquella sensación y en momentos te sientes unido a las estrellas, al cosmos. A la vez, sientes mucho placer en el pene, que muy probablemente se pondrá en erección, aunque si las caricias en los pezones duran un buen rato, la erección disminuye hasta quedar apoyado sobre los testículos, si bien con un pequeño impulso de la pelvis se levanta un par de centímetros hasta que vuelve a caer cuando dejas de hacer fuerza. Si no llegas a correrte, el pene ha generado tanto líquido que descubrirás cuando se acabe que tienes los muslos completamente mojados.

Cuando me levanté de la camilla, aquel día, y llegó la hora de la ficha, antes de despedirnos, le dije que había sido maravilloso y que sólo me había faltado correrme, porque me había quedado con una sensación de temblor interno y de gusto en el pene, que me había obligado a masturbarme mientras me duchaba.
- Si quieres hacerlo en la camilla, hazlo. Algunos lo hacen –me dijo con toda naturalidad-. Pero no me pidas que te lo haga yo.
- ¿Por qué te da tanto reparo hacerlo?
- No es reparo. Es un problema de seguridad. Al principio de dar masajes, lo hacía, porque si no, los clientes no volvían. Pero me encontré algunas veces con personas que se ponían agresivas, que intentaban meterme mano o desnudarme, y a mí me entró miedo. De manera que no lo hago, los clientes lo saben y me respetan. Hay muchos clientes que no necesitan el masaje acariciante, solamente unos toques al final para acabar el masaje; de los clientes que tengo, la mayor parte no me lo piden. Pero otros como tú, que les gustan las caricias, aunque no forzosamente en los pezones, ya saben que cuando es el momento pueden masturbarse sin problemas.

- Yo nunca me he masturbado delante de nadie –le dije-. Creo que me daría vergüenza hacerlo delante de ti.
- Pruébalo… Si quieres, puedes hacerlo boca abajo, me lo dices y te pongo debajo un hule y con el movimiento del cuerpo eyaculas con mucho disimulo. Algunos lo prefieren así, otros lo hacen boca arriba con la mano sin preocuparse, me tiene confianza. Dos de ellos, incluso, me piden que les mire cuando lo están haciendo y yo les complazco. Ya te digo, yo no soy ninguna mojigata, es un problema de seguridad.
Al masaje siguiente lo probé. Cuando me estaba acariciando boca abajo, le dije que me pusiera el hule. Era como un spontex, pero más prieto, que ella lavaba con lejía –según decía- después de cada uso. Tenía de varios colores, lo que me dio a entender que su uso no era tan raro. Me hizo poner los brazos debajo de la frente y mientras yo movía mis nalgas arriba y abajo, ella buscaba mis pezones y los acariciaba desde detrás. Si tardaba en correrme, lo que no sucedía muchas veces, Raquel dedicaba una mano a moverme las nalgas y con la otra continuaba con un pecho. Así, semana tras semana, era un juego entendido. Ella lo trataba profesionalmente, yo lo soñaba por las noches.
(continuará)











nos toma por un elemento sensible (pero no el más sensible) de nuestra anatomía de hombre, y bien con las manos, bien con los movimientos de su cuerpo provoca el orgasmo.















