2! Una relación privada
Monday, May 18th, 2009Nos cruzamos dos o tres correos – como antes nadie tenia email, los que lo teníamos eramos, casi obligatoriamente, universitarios o asimilados, y ya era una especie de patita blanca del cuento de la cabrita y el lobo – antes de conocer sus condiciones:
“no quiero saber nada de ti, no quiero ni café con leche antes, ni cigarrito despues. Subes a la habitación del hotel donde me alojo, llamas a la puerta, te estaré esperando. Si no me gustas, te vas por donde has venido. Y si te acepto, hacemos lo que tengamos que hacer, y te marchas una vez hayamos acabado. Cuanto menos hablemos, mejor”
Dicho y hecho, me indicó el hotel (un hotel de lujo, junto al mar, me dijo que trabajaba alli y fuese discreto), la hora, y me dijo que me anunciase en recepción diciendo: “tengo una reunión en la habitación nnnn” para que me dejasen pasar.

Llegando a la habitación. Surgen dudas… ¿cómo estaba yo seguro de quién me iba a recibir? ¿cómo, en el nombre del cielo, sabía yo que me estaría esperando una mujer, y no un señor con todo su armamento listo? En este caso estaba yo preparado para decir que me habia confundido de habitación, y salir huyendo.
Llamo, una voz de mujer pregunta quien soy, se abre la puerta de una habitación casi a oscuras.
“Te estaba esperando. Déjame que te huela”
Aluciné. “Déjame que te huela”. No “que te vea”. Se acercó a mi cuello, olfateó (si, ya sé que podeis pensar en un anuncio de Axe, pero no), y aparentemente me aprobó.
“Tenemos dos horas, no hables, no tenemos nada que decirnos, no nos volveremos a ver”
“Pero…”
“Shhht” poniendo un dedo en mis labios. No hables.
Su boca siguió a su dedo, besandome como si no hubiese un mañana. De hecho, para nosotros no lo había.
Se acercó a la cama, apagó la luz de la mesilla de noche, solo quedó prendida la luz de la entrada.

Y allí, en aquella cama, hicimos lo que se suele hacer en estos casos. Con deseo, con ansia, con curiosidad también, y sin palabras.
Ninguna.
Pasó hora y media, ella se levantó, fue al cuarto de baño, puso en marcha la ducha, se metió en la cabina, me fui tras ella. Me hizo signo de entrar, nos duchamos, nos enjabonamos mutuamente. Me hizo una última felación ahí, de pié en la cabina, a plena luz, bajo la ducha, que recuerdo con nostalgia.
Terminado, cuando aún estaba yo recuperando el aliento, me dijo: te tienes que marchar.
Y esto es lo último que oí de ella.
Nunca contestó a mis correos.





