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4. De la necesidad del Final Feliz en el Masaje

Wednesday, May 27th, 2009

massage-lower-leg

Pasa a las piernas, haciendo un trabajo duro con los puños, descontracturando tanto las pantorrillas como los muslos. Como vereis, no tiene nada de sensual. Los movimientos suaves, el olor del incienso y del aceite me dejan traspuesto. A veces es dormido directamente, las más de las veces es un estado de meditación, en el cual uno es incapaz de moverse, pero es razonablemente consciente, y puede dirigir sus pensamientos. Es como el estado de duermevela al que se accede despues de una buena noche de sueño. Pero claro, solo se llega a través del silencio.

A veces las masajistas hablan, como dicen los franceses, “à tort et à travers”, es decir, erróneamente y mal. Nos hacen preguntas sobre nuestro trabajo, se refieren siempre a los mismos temas, que si el estress, que si los viajes…Y no es preciso. Al menos para mí. Estoy ahí para recibir un masaje, si quisiese conversación me subiría a un taxi :) . Una buena masajista se reconoce en su silencio. A veces la masajista trata de hablar, yo supongo que la proximidad fisica del cliente les obliga a tratar de romperla hablando de trivialidades, no lo se. Tal vez si alguna masajista lee estas lineas pueda dejar escrito lo que piensa, o bien dirigirnos hacia algun blog que describa el masaje desde el otro lado de la camilla.

leg-massage

Y mientras estoy en mi duermevela, la masajista prosigue, sin decir nada, sumida en sus pensamientos como yo lo estoy en los míos. Sube hacia los muslos, sin que ello implique ninguna excitación. No puedo evitar sentir sus pechos cuando se inclina sobre mi para alcanzar la otra pierna, pero estamos ahí para trabajar, y yo estoy medio traspuesto.

Y seguimos, solo oigo la música, alguna puerta que se cierra, siento el olor del incienso y el del aceite.

Hemos llegado a una total sintonia con la masajista, mi cuerpo adivina lo que va a hacer, se pone en disposición, cuando está tratando el interior de los muslos abro un poco las piernas, cuando me dobla las rodillas, me dejo hacer.

Me quedo probablemente dormido, porque me despierto sintiendo que ha cambiado la técnica. Del masaje duro, con las manos y los puños ha pasado a la técnica del “effleurage”. El nombre, poco usual en España, es precioso, es una palabra francesa que significa quitar con mucho cuidado los pétalos a las flores. Es rozar con la yema de los dedos el cuerpo del otro.

massage-effleurage1

Y estamos ya en pleno effleurage, yo completamente despierto, sus manos se deslizan, casi sin tocarme, por mis piernas, por el interior de los muslos, rápidamente. Se ha transformado en la diosa Khali de cuatro brazos, está en todas partes, pero más especialmente en el cuello, en la nuca, en la piel tierna del interior de los brazos, y sobre todo, entre los muslos.

kali

Igual que antes siento las pulsaciones de mi sexo contra la camilla. Se siente duro, incómodo, nuevamente arqueo el cuerpo, ella prosigue ya directamente entre mis piernas, en los huevos, acariciandolos, haciendo un effleurage de aquella zona, y al mismo tiempo prolonga un poco el contacto, subiendo con timidez, como involuntariamente, hasta el culo, primero con un dedo, que lo roza y se retira. Probablemente más de un hombre se siente molesto si le tocan ahí, y es por ello que ella avanza con precaución. A mi me gusta, casi sin querer se me abren un poco más las piernas, y ella lo interpreta como una invitación. Se pone más aceite en las manos, y me acaricia en toda la zona.

Yo la verdad es que ya no se como ponerme, estoy incomodo con el pene hinchado pellizcado entre mi cuerpo y el colchón. Me muevo, subo un poco más el culo, para dejar espacio, y con eso lo acerco aún más a su mano. Ya no sé cómo ponerme, en que postura estarí­a yo cómodo. Toda aquella calma, meditación y relajacion de la primera parte del masaje se transforma ahora en incomodidad y deseo. Pero no deseo de ella, de su cuerpo, deseo de quitar esta presión que está atormentando mi cuerpo.

Tatiana es una profesional y percibe perfectamente como me siento. Me pregunta si no me gustaría darme la vuelta

Lo hago.

Si tuviese una toalla tapandome, parecerí­a una tienda de campaña. Como estoy desnudo, mi cuerpo, liberado, se alza

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Ya estoy listo

link al capítulo anterior

link al capitulo siguiente

continuará el 28 de mayo. Yendo al calendario que está en la columna de la derecha, y pinchando en la fecha, sigue la historia

La tienda de campaña

Monday, April 6th, 2009

Recupero este texto, que escribí cuando me dí cuenta que las mañanas habían perdido parte de su encanto (o, dicho menos discretamente, algunas mañanas la sábana ya no formaba una tienda de campaña)

Pan de azucar en Marruecos

Pan de azucar en Marruecos

Azúcar

Aquella mañana, al despertarme fui consciente de que ya no me acompañaba su presencia. No fue una desaparición brusca, una muerte repentina, más bien había sido un suave deshacerse, pan de azúcar mordido, fuerte y duro al principio sobre la lengua, disolviéndose dulcemente, aristas, cada una de ella manteniendo la consistencia del fragmento original, aunque más redondeadas, suavizadas por el tiempo, fragmentos pulverizados entre los dientes, más y más pequeños, finalmente impalpables, dejando sólo su sabor como recuerdo.

Desde que tenía conciencia de mi propia existencia, desde mi primera juventud la recordaba allí, a mi lado en la duermevela del amanecer, cuando lentamente la conciencia va abriendo los sentidos a los ruidos de la casa, al olor del pan tostado y del café, al sol filtrado entre postigos.

Ella aparecía siempre antes de que me diese cuenta, callada, silenciosa. Era mi cuerpo, aún perdido en el sueño, quien primero notaba su presencia, y, suavemente, lentamente, mis sentidos tomaban el relevo, plenamente conscientes ya de su existir. No era molesta, como no son molestas las costumbres, como no es molesto lo ineluctable, simplemente estaba ahí, despreocupada, indiferente a si era incómoda, o inoportuna. A veces, claro, su inoportunidad, o su indiferencia, la llevaba a despertarme a media noche, ansiosa, juvenil. Entonces, en una duermevela cariñosa tenía que jugar con ella y apaciguarla. Otras veces estaba tan dormido cuando venía que solo las trazas de su presencia, descubiertas por la mañana, me hacían recordar su visita.

Mi compañera de sueños, sin duda poco acostumbrada, se sorprendía al principio ante mi aceptación sumisa, mi deliberado desconocimiento de tan intrusiva presencia, interpuesta incluso a veces entre ella y yo. Mis palabras, mis observaciones dirigidas a que, ella también, fingiese ignorarla eran inútiles. Yo sabía que si me levantaba sin hacerle caso, si la olvidaba, desaparecería discretamente y sin rencor, en la seguridad que, a la mañana siguiente, ninguno de los dos íbamos a faltar a nuestra cita. Mi compañera en cambio, sin duda considerándose culpable, o incluso, encantador taumaturgo, creyendo que la visita se debía a su mediación, se sentía obligada a hacerle caso. Entonces el más inocente inicio, el más escondido amago de gesto por su parte era suficiente para que yo perdiese el control de la situación, mero observador de unos juegos breves pero intensos.

Aquella mañana me di cuenta, por primera vez, que algunas veces no estaba allí. No la echaba aún de menos, claro, podía llamarla, atraerla, incluso el pensar en ella era suficiente para que acudiese, ansiosa como siempre, como siempre fiel, presente, voluntariosa, y, también, retozona.

Aquella mañana, al despertarme fui consciente de que ya no me acompañaba su presencia.

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